Walter White versus Heisenberg

Breaking bad

La extraña pareja: Walter White y Jesse Pinkman.

Aviso a navegantes: el siguiente artículo contiene spoilers sobre el desarrollo y conclusión de Breaking Bad. Recomendamos no continuar la lectura hasta que no se haya terminado de visionar la serie al completo.

Breaking bad ya es historia. El descenso a los infiernos del hombre corriente concluye tras fascinar a millones de espectadores a lo largo de cinco maravillosas temporadas. Felina, el último capítulo de la epopeya, ha precedido al debate final sobre un desenlace que (según las críticas de ambos lados del océano) ha dejado un considerable buen sabor de boca. En lo que sí existe unanimidad es en el acierto de finiquitar el producto en su cima narrativa sin ceder a las tentaciones de seguir explotando la gallina de los huevos de oro. Sobre todo si se contrasta con el reciente ejemplo del desafortunado final de Dexter, alejado (por insistente) de su esencia primitiva.

No falta quien opina que el colofón a la ascensión criminal del malvado Walter White/Heisenberg responde a las intenciones redentoras de Vince Gillian (creador de la serie) de reconciliar a su personaje con un público que le adora. Tras el éxtasis del antepenúltimo capítulo, Ozymandias (elevado por muchos a la categoría de mejor capítulo de la historia de las ficciones televisivas), las ambiciones desmedidas de Heisenberg habían llegado demasiado lejos. Imposible echarse hacia detrás. La muerte de Hank (a manos de los sicarios contratados por el mismo Walter), el desprecio de Walter Jr. tras descubrir el gran secreto, el ataque de Skyler en defensa de su familia y la pérdida de la fortuna cimentada en su negocio de estupefacientes suponen un clímax tenebroso para alguien que ya se ha pasado sin reservas al lado oscuro. La poca humanidad que conservaba el viejo señor White quedaba sepultada bajo las ambiciones de Heisenberg.

Las dos últimas entregas cambian la dinámica anterior. Da la sensación de que Gillian rectifica sobre la marcha y le concede a Walter la oportunidad de corregir (en parte) sus pecados. Digamos que le asegura un final más digno del que quizá merecía tras tanta maldad. Los acontecimientos obligan al protagonista a escapar de Albuquerque en busca de una nueva identidad que le permita huir de las autoridades. En su helado retiro espiritual (alejado del sol justiciero de Nuevo México), se congelan los instintos de Heisenberg. Rechazado por su familia y alejado de su laboratorio, la soledad acelera su redención.  El castigo hace mella en su voluntad y se decide a expiar sus pecados. Como en un clásico western crepuscular, el protagonista regresa a su hogar para ajustar cuentas con el grupo de neonazis  y asegurar el futuro económico de sus hijos.

Entre otras cosas, Breaking Bad propone un desafío moral apasionante sobre los límites del bien y del mal, y los matices vitales que hacen justificables ciertas conductas delictivas. Su creador reflexiona sobre los impulsos maléficos que pueden esconderse debajo de la piel del ser humano más bondadoso. El catalizador de esta historia es el cáncer, la enfermedad responsable de liberar los instintos criminales reprimidos en un respetable hombre de familia convertido en el principal productor y distribuidor de metanfetamina de todo el suroeste norteamericano, gracias a sus brillantes habilidades como químico y la liberación que supone no tener nada que perder.

El ambiguo Walter White/Heisenberg abre el debate ético: ¿lo amas o lo odias?

El dramático destino de Walter White ofrece un sinfín de interpretaciones morales para todos los gustos. Incluso habrá quien encuentre justificación en sus ruines fechorías. Es indiscutible el amargo giro de los acontecimientos en la vida del desdichado señor White. Pero de ahí a convertirse en un despiadado narcotraficante va un mundo. ¿O no?

Walter White

El desdichado Walter White.

El desdichado Walter White.

Walter White es un buen hombre y un esforzado padre de familia. Su modesto sueldo de profesor de instituto no le permite mantener a su mujer embarazada y a su hijo discapacitado, por lo que se ve obligado a trabajar en una empresa de lavado de vehículos para ganarse una sobre paga. La fatalidad aparece el día en que le es diagnosticado un cáncer de pulmón. Su precariedad económica le impedirá afrontar un gasto de esas dimensiones. Es aquí cuando se desencadenan los acontecimientos que marcaran el futuro a corto plazo de la vida de Walter. Los que disculpan sus posteriores decisiones encuentran aquí el clavo en el que agarrarse: el estado, con su aparato sanitario mediante, abandona a su suerte a un hombre decente. Es de recibo, pues, que la angustia le conduzca a tomar medidas desesperadas.

Días más tarde, mientras acompaña en una redada a su cuñado Hank Schrader, agente de la DEA, descubre a un antiguo alumno (Jesse Pinkman) escapando de un laboratorio casero de metanfetamina. Acto seguido contacta con él con la intención de asociarse y unir las cualidades de cada uno para la producción y la distribución. La meta que prepara el señor White es de una calidad y una pureza extrema, lo que facilitará su rápido ascenso en el mercado de la droga. La enfermedad remite, pero la amenaza de dejar a su familia en la estacada permanece. Los pasos que dé en adelante irán encaminados en sobrevivir y amasar la mayor fortuna posible para financiar su tratamiento y legar a su familia un acomodado porvenir económico.

Para financiarlo, eso sí, de espaldas a los suyos, ya que su familia cree que los costes sanitarios corren a cargo de la ayuda desinteresada de un adinerado matrimonio cercano a los White. Elliott y Gretchen Schwartz, el nombre detrás de tan filantrópicas personas, son dos viejos compañeros de universidad de Walter con los que en el pasado fundó una empresa convertida en millonaria con el tiempo. Eso sí, después de que nuestro protagonista vendiera sus acciones a su compañero, tras un desengaño sentimental con la propia Gretchen, por un valor irrisorio en comparación con la cotización posterior. Cruel broma del destino: la vida de Walter quedaba en manos de las dos personas que habían alcanzado una vida de ensueño gracias a su brillante talento como impulsor de Gray Matter Technologies. Tras esta reflexión, no faltarán aquellos que sientan compasión y entiendan su decisión de buscar una alternativa ilegal antes que aceptar la caridad de quien ha ocupado el privilegiado lugar que, en otras circunstancias, podría haberle correspondido al propio W.W.

Con nuestro protagonista incrustado en un camino de no retorno, los delitos se suceden. El talento de Walter como cocinero de metanfetamina impulsa a la asociación White-Pinkman a codearse con los grandes capos, locales y estatales, del tráfico de estupefacientes. La preocupación por asegurar el futuro de los suyos, a contrarreloj por el temor de una posible recaída, le conducirá a un desenlace fatal.  Despreciado por su familia y con una parte de su fortuna robada, sacrifica su libertad para garantizar que el resto de su fortuna llegue a sus hijos de forma anónima, de nuevo en favor del prestigio de los Schwartz. En una última muestra de su humanidad, salva la vida de Jesse aun a costa de sacrificar la suya propia.

Heisenberg

El malvado Heisenberg.

El malvado Heisenberg.

Quizá una vez el atribulado Walter White fue un ejemplar ciudadano. Pero todo eso cambió el día que se reencontró con su antiguo alumno y decidió vender su alma al diablo para siempre. Aquel suceso coincide en el tiempo con el momento en el que le es diagnosticada la terrible enfermedad. Desde entonces asociamos tan desgraciado episodio con su ingreso en el delictivo mundo del narcotráfico: los elevados (y fuera de su alcance) gastos médicos necesarios para el tratamiento del cáncer obligan al señor White, de forma desesperada, a recurrir al negocio de la metanfetamina. Capítulo a capítulos manteníamos la convicción de que eso era cierto y lo asimilábamos como un fin defendible. Hasta que llegamos al desenlace y Heisenberg admite sus verdaderas motivaciones: “Lo hice por mí. Me gustó hacerlo. Soy bueno en eso y me sentía vivo”. Más claro, agua. El cuento de asegurar el futuro económico de su familia (si bien cierto, una razón secundaria) se desvanecía, y con él, cualquier posibilidad de redimir las acciones del viejo profesor. Digámoslo a las claras: nuestro protagonista es un verdadero canalla.

Ya no hay dudas. Heisenberg actúa por puro egoísmo, agitado por la exaltación de encontrarse vivo. La enfermedad no es más que una excusa para dar rienda suelta a las pasiones más bajas de su esencia humana; una catarsis que destapa el tarro de las esencias envenenadas de su malvado alter ego Heisenberg. En realidad existe una alternativa legal a su agobiante situación: aceptar el dinero de los Schwartz. Impensable para su narcisista ego. La amargura del alma del señor White se nutre del éxito del matrimonio. Un éxito que pudo ser suyo. Es más: la frustración por dejar aquella oportunidad actuará como motor de su descontrolada ambición. Una codicia personal por amasar la mayor fortuna posible que cegará al protagonista hasta el punto de poner el riesgo la integridad de su propia familia.

La avaricia y el prestigio sumergen al antiguo Walter en una peligrosa espiral que terminara por enajenarle. Para conservar su imperio de la droga y evitar ser descubierto, Heisenberg no duda en emplear la manipulación y la crueldad para dejar morir a una chica, envenenar a un niño, justificar el asesinato de otro, asesinar a Mike Ehrmantraut o chantajear a sus cuñados. Con el tiempo los caminos de Heisenberg y Jesse se alejan. Mientras el primero se siente cada vez más cómodo en su nueva vida delictiva, el segundo se acaba viendo superado por la ola de maldad de su antiguo profesor, hasta el punto de vender a su socio a la policía.

El imperio Heinsenberg, como el de los grandes faraones egipcios, se acaba desmoronando. Su familia le odia y ha perdido la mayor parte de la fortuna. Acabado, recupera parte de su humanidad en un último intento por redimir alguna de sus acciones. Sin embargo, la ligera sonrisa que refleja su rostro en el momento previo a su muerte, rodeado de alambiques, tubos de ensayo  y sustancias químicas, muestra el orgullo de un hombre que alcanzó la cima del mundo al atravesar la frontera ética que separa el bien del mal. Y a nosotros, ángel o demonio, nunca dejó de fascinarnos.

Good bye

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *