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No todos fueron Bob Dylan

Oscar Isaac en A propósito de Llewyn Davis
Oscar Isaac en A propósito de Llewyn Davis

Oscar Isaac en A propósito de Llewyn Davis

En el extremo suroeste del barrio neoyorkino de Manhattan descansa  el Greenwich Village, una gran área residencial en torno a la cual, durante la década de los sesenta, se agruparon un gran número de clubes musicales. La música folk se convertiría entonces en el centro de la escena musical del país, semilla de la futura expansión psicodélica hasta la dorada San Francisco, a través de la conexión abierta por la generación beat. Una legión de poetas, llegados desde todos los puntos cardinales del país con una guitarra bajo el brazo, se afincó en el Village apostando todo a un mismo sueño. Tras las huellas del gran referente folk Woody Guthrie (la voz de los oprimidos),  Bob Dylan abanderó a todos ellos. Pero claro, no todos fueron Bob Dylan. No todos se convirtieron en iconos culturales. Y aquí es donde entran en escena los hermanos Coen.

La cara que no cuenta la historia, la del dolor y la tristeza que se esconden tras el fracaso, es la que interesa a los hermanos más famosos de la industria del cine actual. En su empeño por recorrer los entresijos de toda la geografía americana, aterrizan en la gran manzana para revelar la trascienda de la escena folk acústico neoyorkina. A propósito de Llewyn Davis supone la primera incursión de Ethan y Joel en el mundillo musical, en una nueva demostración de su conocimiento de la cultura popular norteamericana. La música, tan importante en cada película de los de Minnesota, cobra en esta ocasión un papel primordial. Lo que no cambia es la habitual y concienzuda construcción de personajes tan admirada en ellos.

La falta (para algunos) de profundidad emocional en el mensaje de los Coen rompe ahora en un retrato desgarrado sobre la fragilidad de algunos sueños en el corazón de la América urbana.

La historia de Llewyn Davis toma la forma de una odisea folk en toda regla, en la que asistimos a los intentos de un músico, junto a los de un grupo de jóvenes cantautores, por hacerse un hueco en la complicada industria de la música. La falta (para algunos) de profundidad emocional en el mensaje de los Coen rompe ahora en un retrato desgarrado sobre la fragilidad de algunos sueños en el corazón de la América urbana. Las penurias del protagonista conectan con nuestros sentimientos sin que podamos desprendernos del aura de tristeza que desprende la trama. Las frustraciones por los sueños truncados, las dudas, las últimas oportunidades, la soledad y la esperanza en un viaje de ida y vuelta (una epopeya en el Village con parada en Chicago) hacia los límites de las utopías.

Y es que no todos fueron Bob Dylan. La realidad fue mucho más amarga para la mayoría de cantautores aspirantes a vivir de las canciones, y muchos se acabaron perdiendo entre la competencia y la frialdad de las discográficas. No obstante, la aspiración de los Coen no es tanto desmenuzar las claves de la escena folkie como indagar en las miserias de sus actores. Lo cierto es que la película podría llegar a decepcionar a aquellos fervientes admiradores de la música que no se acerquen a ella en clave cinematográfica. Para los amantes de ambos artes, sin embargo, A propósito de Llewyn Davis ya forma parte del catálogo de las más bellas declaraciones de amor al cine y la música. Y es que, “si nunca fue nueva, y nunca envejece, es una canción folk”.

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