Tarantino no nació en Vizcaya

Alex de la iglesia

Alex de la Iglesia. (Fuente: 20minutos.es)

Si nos cuestionamos por el nombre del director de cine español más valiente, extremista, pasional, retorcido, burlesco, gamberro, perverso y desmesurado de la actualidad, la respuesta surge casi sin pensarlo: Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965). Tan impactante como su figura, su filmografía no deja indiferente a nadie y aquí nos hemos propuesto analizarla aprovechando el estreno de su última película: Las brujas de Zugarramurdi. Un recorrido que nos servirá para conocer la postura de Álex frente a la gran duda existencial sobre la esencia misma del cine: ¿arte o entretenimiento? La segunda opción, no hay duda. De la Iglesia es diversión y estímulo, sorpresa y pasatiempo. Puro entretenimiento. Más que una premisa, un escudo ante la etiqueta de excesivo e histriónico. El director no entiende su cine como un cuadro realista con el que fotocopiar el mundo que le rodea, sino más bien como una ventana por la que escapar de él mismo. ¡Para realismo la rutina del día a día! Gracias a las películas, podría alegar el cineasta, el espectador tiene la posibilidad de visitar lugares alejados de su vida cotidiana o ponerse en la piel de personajes cuyos conflictos morales o vitales ni siquiera ha llegado a imaginarse. La realidad no es más que un espectro que lleva al extremo, un estado que estira a su antojo para construir un producto ocioso marca de la casa. Una fórmula que no cae, sin embargo, en fórmulas ni corrientes populares.

Un innovador y, porque no decirlo, kamikaze del celuloide capaz de romper con los estándares de sus antecesores. Amante del riesgo, lúcido e inteligente, se sacude los complejos y las temáticas del cine español previo, anquilosado en preocupaciones estetas que en pocos casos complacían las demandas del público. De la Iglesia pertenece a la nueva ola de cineastas patrios de los primeros noventa, junto a nombres como Julio Medem, Juanma Bajo Ulloa, Alejandro Amenábar o Javier Fesser. Influenciados por el cine postmoderno, rompen las estructuras básicas de narración, el cine de género y el retrato convencional de los personajes. La originalidad y el entretenimiento como forma de hacer cine. Unido a su amor por la violencia y el exceso, la crítica y el público no tardaron en colgarle la etiqueta de Tarantino español. Aunque son innegables sus semejanzas, las influencias del bilbaíno no se limitan al autor de obras de culto como Reservoir dogs, Pulp Fiction o Kill Bill. La negrura de su humor y su colmillo le deben su filo a las sátiras punzantes de Luis García Berlanga y Marco Ferreri grabadas durante la dictadura franquista.

Acción mutante

Precisamente por su espíritu osado, el nombre de Álex de la Iglesia ha atravesado las fronteras de la piel de toro en grandes producciones aptas para públicos  internacionales, sin perder nunca de vista la idiosincrasia de este país llamado España. Por su ecléctica obra, con una temática de lo más heterogénea y unos guiones (escritos ex aequo formando tándem con Jorge Guerricaechevarría) que no dejan a nadie indiferente, han desfilado actores de todo tipo: desde veteranos del cine español (Carmen Maura, Terele Pávez, Sancho Gracia o Maria Asquerino) hasta figuras de Hollywood (Rosie Pérez, James Gandolfini, Elijah Wood, John Hurt o Salma Hayek), pasando por las caras más conocidas del panorama nacional de los noventa (Álex Ángulo, Javier Bardem, Guillermo Toledo o Santiago Segura), e incluso humoristas de la televisión (El gran Wyoming o José Mota).

El cine del vasco desprende nervio y pasión por los cuatro costados. La energía del montaje, la agresividad visual y la tensión narrativa responden a su pronunciado sentido del espectáculo. La labor de etiquetar su obra resulta de todo menos útil, ya que el director juega con los géneros a su antojo en la búsqueda de un resultado singular. Si nos empeñáramos en tan trivial tarea podríamos concluir que sus argumentos giran en torno a la comedia negra revuelta con elementos de terror, acción y ciencia ficción. La sátira, política y social, y el sainete son sus resortes preferidos para poner la esperpéntica maquinaria en funcionamiento. A los mandos de cada historia, una procesión de antihéroes con ínfulas iconoclastas y poco respeto por las instituciones (la familia, la religión), dispuestos a burlarse de los prejuicios morales de la audiencia más conservadora. La atmósfera se vuelve opresiva por obra y gracia de su vertiginoso manejo de la cámara, subrayado por una música destinada a desquiciar todavía más cada una de las situaciones. Un fenómeno recurrente en la trayectoria del director son los finales de altos vuelos, un clímax claramente influido por el Vértigo de Alfred Hitchcock. Un sello del director británico que también se repite en unos títulos de crédito impactantes que sintetizan el espíritu de todo el film. Una apuesta de tanto riego está destinada a acumular críticas. Sus detractores denuncian poca sutileza, pedantería y vulgaridad, unos guiones descompensados que se pierden en historias complejas que abusan de escenas cargadas con violencia gratuita. Como muestra un botón. La respuesta, tanto de la taquilla como de la crítica, ha destacado siempre por su irregularidad. No podía ser de otra manera hablando de alguien tan extravagante. Con ustedes, Álex de la Iglesia.

La bestia y el apocalipsis. 

El día de la bestia.

El día de la bestia (1995).

Con poco presupuesto y mucha mala uva llegó su debut cinematográfico. Tras ser descubierto por Pedro Almodóvar y su productora El deseo, gracias a su primer corto (Mirindas asesinas, 1991), Álex de la Iglesia saltó a la palestra del cine español con Acción Mutante (1993), comedia negra de ciencia ficción apocalíptica centrada en las andanzas terroristas de un grupo de alienígenas tullidos contra una sociedad materialista y superficial. Una suerte de El club de la lucha gore con toques castizos, freaks y una estética ciberpunk más propia de Mad Max. Un disparate de tal calibre, con un guion todavía inconexo, que causó el estupor del mismo Almodóvar y apuntó los futuros claroscuros del novel director.

Un par de años después, con la valentía de un temerario y el nervio de un gran cineasta, El día de la bestia (1995) haría temblar los cimientos de la acomodada industria española. La cinta narraba la epopeya lunática de un sacerdote de pueblo tras la pista del anticristo. Una comedia de terror navideño, señuelo de una profunda crítica social, en la que un quijotesco hombre de fe se une a un heavy satánico y a un telepredicador esotérico, formando una siniestra versión de los tres Reyes Magos, en su distópica aventura por salvar el mundo de tan aterrador destino. La cinta resulta un éxito de crítica y público, y en la gala de los Goya levanta seis premios, incluido el de mejor director. La delirante y demencial actuación de Santiago Segura, rostro habitual en la filmografía del vasco desde entonces, le convertiría en uno de los personajes más populares del panorma mediático de la época. El huracán Álex de la Iglesia había llegado para quedarse.

Risas (¿o lágrimas?) en el desierto.

Muertos de risa ().

Muertos de risa (1999).

El éxito de El día de la bestia impulsa la carrera de De la Iglesia hacia las coproducciones internacionales. Perdita Durango (1997) esperaba al otro lado del Atlántico, con una jugosa partida presupuestaria que la convertía en la cinta española más cara de la historia. Sin embargo, esta vez el cineasta no fue capaz de conquistar a la audiencia y el fracaso en taquilla fue sonoro. Basada en la novela homónima de Barry Gifford, responsable asimismo de convertirla en guion junto con De la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría y David Trueba, presenta una trepidante y siniestra road movie tex-mex, repleta de sexo, violencia sádica y humor negro, protagonizada por una hipnótica pareja de delincuentes (Rosie Pérez y Javier Bardem). El film descubría el lado más crudo de la América profunda a través de las tropelías de una femme fatale salvaje y un asesino santero (el mismo Bardem repetiría experiencia fronteriza con el film de los hermanos Coen, No es país para viejos).

Tras intentar abrir nuevos caminos transoceánicos, el vasco regresa a España para seguir desterrando los viejos convencionalismos patrios. Si de algo sabe Álex de la Iglesia es de sorprender al espectador, y en Muertos de risa (1999) encuentra la ocasión perfecta para camuflar un drama entre un sinfín de carcajadas. El Gran Wyoming y, otra vez, Santiago Segura encarnan a una pareja de cómicos (siguiendo la tradición de las mejores parejas del burlesco norteamericano) que se encarama al éxito a fuerza de pisarse el uno al otro. Una original forma de interpretar la transición política española entre shows humorísticos televisivos y violencia desenfrenada.

Forajidos de escalera.

La comunidad.

La comunidad (2000).

La experiencia es un grado y el paso del tiempo le sienta bien a De la Iglesia. De la mano de la inconmensurable Carmen Maura consigue su película (para muchos) más redonda con La comunidad (2000), en la que una triste agente inmobiliaria se enfrenta a una turba enfurecida y delirante en pos de un tesoro escondido (curioso; el aquelarre demoníaco de Las brujas de Zugarramurdi encuentra aquí un buen antecedente) . El terror costumbrista y urbano vuelve a fusionarse con el humor más negro. Especial atención reclaman unos inquietantes títulos de créditos: ¿verdad que os recuerdan a los de Psicosis?

Un nuevo pinchazo frena la irregular carrera de nuestro protagonista. 800 balas (2002), la primera aventura del vasco como productor con la compañía Pánico Films, vuelva a tropezar a ojos de crítica y público. En el olvidado desierto almeriense de Tabernas, allí donde una vez apuntaron todos los focos, un grupo de actores sobrevive ofreciendo espectáculos para turistas. Álex de la Iglesia parodia el espagueti western,  el subgénero que convirtió España en escenario fetiche para cientos de rodajes de Hollywood. Al mismo tiempo, homenajea a todos aquellos especialistas que se jugaron el tipo en la sombra por las estrellas más rutilantes. Sancho Gracia en el papel de español de pro, chulo, arrogante y mal hablado, a la vez que honesto y bondadoso, engrosa la nómina de leyendas recuperadas para la causa por De la Iglesia.

Crímenes lógicos, crímenes imperfectos.

Crimen ferpecto.

Crimen ferpecto (2004).

Tras la agridulce experiencia western, el cineasta retomaría la senda del humor más negro, surrealista, demente, ácido y paranoico con Crimen Ferpecto (2004). Una comedia romántica con el sello De la Iglesia, en la que un mujeriego, sofisticado y ambicioso galán (papel interpretado por Guillermo Toledo) es chantajeado por la dependienta más fea de unos grandes almacenes, testigo único de un lúgubre malentendido. A partir de una poderosa puesta en escena y un vertiginoso ritmo narrativo se construye una divertida sátira sobre la frivolidad y el culto de la imagen con un siniestro final marca de la casa en el que acabará triunfando la vulgaridad.

Con Los Crímenes de Oxford (2008) regresan las producciones internacionales, las grabaciones en inglés y el reparto hollywoodiense (con Elijah Wood y John Hurt a la cabeza, sin olvidar a Leonor Watling), justo en la película menos Alexdelaiglesiana de toda la filmografía del bilbaíno. Un thriller sobre asesinos, frío y calculador (aquí incluso podría parecer que hablemos de otro cineasta), que recorre las entrañas de la prestigiosa universidad inglesa en busca de respuestas a través de la lógica matemática.

Había una vez un circo…

Balada triste de trompeta.

Balada triste de trompeta (2010).

Dos payasos. Uno triste y sin gracia; el otro listo y violento. El franquismo se agota, y ambos se enamoran de la misma mujer, una trapecista del circo en el que trabajan. A plena luz, Balada triste de trompeta (2010) es una desgraciada historia de amor tragicómica soportada por tres patas antagónicas. En el fondo, una alegoría sobre las dos España, una metáfora devastadora sobre la guerra civil, una afrenta cainita y mezquina. Y sobre todo, la cinta más arriesgada de una carrera ya de por sí de lo más osada; una apuesta de riesgo calculado con un pan debajo del brazo, en forma de dos premios en el Festival de Venecia (mejor guion y León de plata a la mejor dirección). Un guion escrito por Álex de la Iglesia en solitario por primera vez en toda su carrera.

Si el estilo de Balada triste de trompeta fue un estallido de colores y excesos, el de La chispa de la vida (2011) se humaniza. De una cinta a otra la estética cambia el fuego por la contención, sin perder de vista, eso sí, elementos esperpénticos. Igual que en Muertos de risa, De la Iglesia piensa en un cómico, en esta caso José Mota, para interpretar un papel dramático de gran calado en la precaria situación económica actual: un desesperado publicista en paro, conocido en el pasado por ser el creador del eslogan Coca-Cola, la chispa de la vida, que volverá a acaparar la atención mediática tras sufrir un curioso accidente en el teatro romano de Cartagena. Una sátira sobre el sensacionalismo de los medios de comunicación que desemboca en tragedia familiar. Por primera vez en su carrera el guion no correría por su cuenta, sino que en esta ocasión contó con la colaboración del escritor Randy Feldman.

Las brujas de Zugarramurdi (2013).

Las brujas de Zugarramurdi (2013).

El vasco presenta ahora (el 27 de septiembre) Las brujas de Zugarramurdi, una vuelta de tuerca más en sus intenciones de entretener y no dejar indiferente a nadie. Para lo bueno y para lo malo, Álex de la Iglesia ha vuelto.

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