Ray Bradbury y el vino del estío

Ray Bradbury
Ray Bradbury¿Qué Decir sobre Ray Bradbury que no se haya dicho ya? ¿Qué de original se puede contar sobre el archiconocido autor de “Crónicas marcianas” o “ Fahrenheit  451”’?, ¿Del hombre al que el espacio homenajea bautizando asteriodes con su nombre, colgándolo  del pico de una estrella mucho más arriba de la tierra?
Ya no recuerdo dónde nos encontramos  por primera vez Ray Bradbury y yo, ni el título exacto de aquel cuento que leí por casualidad, pero recuerdo  el  sentimiento  por aquel  único monstruo  del océano, el último gigante,  la enormidad irrevocable de su destino de soledad.  Puedo traer a la mente, pasados quizá diez años,  las imágenes de las noches de su peregrinación sin descanso hasta el faro. Todo sigue ahí, la  nube de vapor viajando sobre su inmenso lomo  al partir el agua suave, la respiración de la luna, el sendero de  luz hasta llegar al faro. Hasta ese otro congénere de piedra  que le llamaba con su sirena desde miles de kilómetros, a  través del inmemorial océano.  Ese otro animal con una voz como la suya, con un cuello largo erguido sobre el agua como el suyo, la llamada de ese otro igual de mirada brillante, y al fin,  vacía.
Nuestro segundo encuentro ha sido este mismo verano, en la feria del libro de ocasión de mi pueblo. Allí estaba una mañana de agosto entre los niños  revoloteando  bajo el porche verde de los chopos y los cedros de la plaza. En una de las cajas de la larga fila, con tapa roja, edición Minotauro del 78, “El vino del  estío”.  Tuve suerte esa mañana y encontré pronto  a Sábato y a mi sobrino, que desvió mi atención enseguida hacia un fabuloso cuento  desplegable y una  espada de madera. Después nos fuimos a desayunar, con Ray Bradbury  y “El pirata Alpargata” metidos en una bolsa. Bonita mañana de agosto.
Empecé a leerlo inmediatamente, una página, la primera página al menos, sin dejar de vigilar el cerco imaginario donde jugaba Carlos, que había trazado en un radio desde la pequeña fuente  en la terraza del café hasta la acera. Leí;

“Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en la cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento”.

Amén, contesté. Y supe, emocionada, que ese   ”érase una vez hace mucho tiempo….” después de tantos años, me devolvería al paraíso perdido en la infancia de los cuentos  de hadas.

He tenido que leer la novela dos veces para comprenderla. La primera solo me bañé en su poesía, deslumbrada. La segunda, la pude leer como se contempla el sol de octubre,  la redondez perfecta de su forma,  la anaranjada calidez envolvente de la voz de los secretos.
Dedícale tiempo si te resulta posible, querido lector,  lee despacio, y cierra los ojos cuando quieras permanecer en una imagen más tiempo, si te resulta posible, prepárate incluso antes de leerla, puedes por ejemplo, consolar todas las ramas de los parques que de un salto perdieron un pájaro y se quedaron temblando en el aire, mirar las flores amarillas de los barrancos que se cierran como conchas de dos pétalos, escuchar cómo se va alejando la ciudad…
La novela cuenta la historia del verano de 1928 para Douglas Spaulding  y su hermano Tom, y su encuentro con la pérdida de cosas importantes y el hallazgo de cosas importantes. Todos hemos sido alguna vez, Douglas Spaulding, Ícaros destronados del reino de los vientos, dibujando delgadas líneas sobre la arena de alguna playa desconocida con la punta de las alas, dueños del mundo contenido en una bola de cristal de nieves perpetuas y apacible chimenea, redondo como una pompa de jabón. Pero  es ante todo un libro vitalista que elige el optimismo y la ilusión, y hasta nos da la receta;
“Marca Crepúsculo Verde de Sueños. Aire puro del Norte-leyó-. Sacado de la atmósfera del Ártico blanco en la primavera de 1900, y mezclado con el viento del valle superior del Hudson del mes de Abril de 1910, y con partículas de polvo que brillaron a la puesta de sol de en los prados de Grinnel, Iowa, cuando se alzó un viento fresco que pasó sobre un lago, un arroyo y un manantial”(…) “Contiene así mismo moléculas de mentol, lima, papaya, y melones y muchas otras frutas de olor a agua y sabor fresco, y árboles como el alcanfor y hierbas perennes y una brisa que venía del río Des Plaines. Garantizamos frescura. Para tomar en las noches de verano en que el calor pasa de los noventa”.
¡Bon apettit!
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