¿Qué es la Luna?

luna1La Luna es una promesa. La Luna es un Cupido en las noches de verano. La Luna es una madre que nos observa dormir durante el sueño. Las apariencias no engañan. No a los ojos del corazón. Y La Luna, aunque sea un yermo (según nos han contado los que dicen que fueron, si es que lo hicieron), que flota solitario en medio de la voraz noche del cosmos, a mi me parece un medallón de plata que reluce, que da esperanza, y me sonríe.

La Luna es Luna, y aunque esté llena de cicatrices, a mi me mira brillando, y por eso la quiero. La quiero aunque, si algún día, pudiera verla de cerca y descubrir su fealdad no me importaría, pues su constante brillo, es su lealtad. Porque, al fin y al cabo, las cosas que alumbran son las que no se juzgan a sí mismas, las que no juzgan afuera, y simplemente brillan. Cuanto tengo que aprender de la Luna.

Aunque, creo que he avanzado, desde la noche de los años y las hostias de la vida que te llegan antes de saber decir esta boca es mía, y que moldean tu carácter sin preguntar, ni dar tu consentimiento; creo que he aprendido algo. Algo que no he hecho hasta ahora, al menos, no conscientemente. Voy a dejarme querer, voy a hacer igual que la Luna, quien, a pesar de ser una esfera llena de heridas brilla dejándose alumbrar sin complejos por un sol generoso. Sí, voy a hacer como la Luna, no más pantomimas ni acrobacias para deslumbrar a un público escaso, voy a ser Luna, y, aunque el destino me lleve a estar en lo alto de un cielo oscuro brillaré dejándome querer.

Voy a dejar que todo fluya, si la marea te trae hasta mí, o si la marea me ha llevado hasta tu puerta ¿quién soy yo para retenerla? Me voy a dejar llevar en un barco sin timón donde yo no pueda decidir el rumbo, pero sí desplegar las espléndidas velas que se hinchen impulsadas por un viento optimista. Ése es el secreto de la Luna, ser ella misma, y brillar porque se deja iluminar; ella se deja llevar por la corriente que la trajo hasta nuestros cielos y por esa sabia decisión la coronaron reina de las mareas.

¿Y qué si reflejo la luz de otros? ¿Podría, a caso, crear mi luz propia? No, sería como un troglodita intentando hacer chispa con dos piedras de mantequilla. Voy a dejarme querer, regalar un espejo imperfecto a la luz que viene del cosmos y brillar. Sin fingir ni aparentar. No más ficciones. No me hicieron alfarero sino barro. ¿Fingir tener luz propia y no necesitar (que no depender) de nadie más; o dejarme alumbrar para alumbrar?
Porque aquí hay un secreto. Dejándose iluminar, se ve mejor en las tinieblas de uno, y, por ende, se brilla más fuerte hacia los demás. No se puede hacer una cosa sin la otra. Querer deslumbrar siendo un espejo sucio, es proclamarse sol, haciendo luz de gas. Lucifer en carnavales, vestido de ángel de luz.
No hay pecado en la Luna. Ella ES, y no se culpa; porque esa es la gran falta, saberse desnudo y avergonzarse por ello. Saberse Luna y no querer brillar. Pero en el mundo de los hombres una cruenta batalla de dimes y diretes se desató desde las lenguas de algunos clericales contra el resto del rebaño y se corrompió la levadura.

Dejo ya de hablar de alumbres y deslumbres, que la factura de la luz subirá. Miento, la luz verdadera es gratis. Hay precio por no brillar, por callar, por mentir y no navegar, por no vivir: la soledad, la oscuridad del alma, la muerte.
La Luna, la recuerdo en una noche de verano en alto, en medio del telón, tiñendo el cielo con un arcoíris que moría en fucsia oscuro cuando besaba el oscuro nocturno. Mientras los grillos, con sus cantos, encendían mi imaginación en infinitas posibilidades a historias que tal vez estuvieran ocurriendo en torno a las luces que titilaban en el campo allá a lo lejos, o allá arriba, en el cielo estrellado. El aire quieto y caliente arropaba cada recodo de los caminos haciendo dulce el descampado, abriendo las flores que dan fruto, la tierra preñada bajo mis pies.
La Luna es un sol que, rebajando su brillo, nos guiña el ojo, para que, al amparo de la oscuridad bienaventurada, prodiguemos un beso enamorado, furtivo e inesperado a nuestro Romeo, o a nuestra Julieta.

Y sin remedio, saldré al balcón a cantar bajo la Luna en un susurro, incapaz de dormir, de pura emoción.
Huele a verano.

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