Para todos los públicos, Extremoduro

Para todos los públicos, Extremoduro
Para todos los públicos, Extremoduro

Para todos los públicos, Extremoduro

Como siempre que Extremoduro publica un nuevo disco, una sonrisa nerviosa se apodera de los incondicionales de Robe Iniesta e Iñaki Uoho Antón. O por decirlo de otra manera: se abre un claro entre las nubes (hemos vuelto a ver el sol) en el cielo del muy a menudo insustancial panorama nacional. El habitual destierro mediático que rodea la promoción de cada uno de sus trabajos (por voluntad propia, ni falta que les hace), se ha roto con la polémica filtración en internet del álbum a cargo de un mozo de almacén de la empresa encargada de su lanzamiento y su posterior detención, bautizada por la Guardia Civil como Operación Agila.

Para todos los públicos culmina la trilogía de madurez del grupo extremeño. La Ley innata (2008), álbum conceptual de gran riqueza instrumental que aunaba el hard rock y el rock progresivo-sinfónico, recogió las intenciones experimentales de la monumental Pedrá (1995) en un proceso que cogió vuelo con Material defectuoso (2011). Desde el lado más salvaje hasta las producciones de vanguardia y melodías más amables, en perjuicio del rock más racial, más fiero y con más colmillo.

La nueva propuesta comparte espíritu. Quizá menos innovadora y más áspera que las anteriores, pero ya con la esencia experimental incrustada en su sonido. Un tono en el que Robe se siente cómodo: una línea instrumental rica y de una factura impecable acompaña unas letras espléndidas marca de la casa. Los temas intercalan el rock progresivo con mayores incursiones en el terreno del hard rock de ecos bluseros. Tanto el título como la portada ofrecen un mensaje contradictorio: el primero insinúa la apertura de la banda en pos de públicos más diversos,  si bien la portada parece querer lanzar una bomba sobre ese prejuicio.

Lista de canciones:

Locura transitoria. Un carrusel emocional para abrir fuego sobre los vaivenes de una mente inestable representada en capas de rock progresivo. Alegoría de la locura y la cordura con unos arreglos de cuerda iniciales, a cargo del cuarteto liderado por el violinista libanés Ara Malikian (colaborador desde La ley innata), de una tristeza y sensibilidad que la emparenta con Golfa. A medida que avanza, su tono se vuelve reconfortante gracias al color de pulsaciones tropicales. La canción enloquece y eleva el ritmo con la primera descarga eléctrica de hard rock del álbum. Obra mayor para incluir en el repertorio de los grandes clásicos de Extremoduro, en los que siempre imaginamos a Robe como un trovador quijotesco enfrentado a los molinos de la locura.

Entre interiores. Introducción blusera cruzada con órgano psicodélico que nos prepara para la dureza de una letra en la que Robe se quiebra por momentos. Visión intimista del amor y del sexo made in Extremoduro. Primer sólo de guitarra de Uoho.

¡Qué borde era mi valle! Regreso a la vieja senda del rock duro, a machete con un uno-dos de guitarra y batería formando un combo contundente de entrada. Rock robusto de factura rural extremeño con el habitual deje flamenco. Posteriores cambios de ritmo escoltan al Robe más crudo. Siempre la naturaleza, el amor y la locura como el centro del universo Extremoduro.

Poema sobrecogido. La versión más aflamencada de Extremoduro, deudora de la tradición rockera andaluza de los años setenta. Un giro más de tuerca al ensayo sobre la locura recurrente en el álbum, de una forma más inquietante y esquizofrénica si cabe (…”entré dentro de mi interior y entonces me di cuenta de que hay alguien más”…). Con Airam Etxaniz como segunda voz de unos coros angustiosos, los quejíos de Robe son de una sordidez que hace daño. Una sensación que aumenta con los alaridos entre los que la canción muere.

Manué IV. Transición oral para como línea divisoria. Robe reflexiona con su viejo y hastiado camello (repite interlocutor de Me estoy quitando) sobre los beneficios de una despedida al alba sobre sonidos de pajarillos y un arroyo.

Mama. Los acordes iniciales de Mama nos recuerdan a So Payaso, seguidos por una sección rítmica de alma funk enriquecida con metales. Proclama de desamor y sexo desesperado para una armonía más ligera y amable. El poeta placentino demuestra su clásica habilidad para enternecer las letras más soeces. En la parte final una atractiva secuencia de percusiones la vuelve más exótica mientras acompaña el naif mantra (“Mama, ya he mamado”).

Mi voluntad. Comienzo a todo trapo con un ritmo que acelera la batería como preámbulo a la rápida parrafada de Robe. Hard rock para la canción más corta del álbum. La velocidad no oculta el acongojo de una letra con voluntad de defender la voz oprimida.

Pequeño rocanroll endémico. Un riff de los más blusero para arrancar la melodía más amable y juguetona del disco. Un optimismo instrumental que nunca se reproduce en su mensaje, evolucionando hasta himno conmovedor marca de la casa, con sección instrumental propia. José Alberto Batiz, músico vasco habitual colaborador con grupos de la escena rock del País Vasco, figura como segunda guitarra.

El camino de las utopías. Punto final con la esperada versión en estudio de El camino de las utopías, tema presentado en la anterior gira del grupo (Robando perchas del hotel). La balada original aquí adquiere un mayor sentido rítmico. De una delicadeza y sensibilidad extrema, el Robe soñador vuelve a reivindicar las causas perdidas. Y de paso denuncia el lado más frívolo del ser humano: el hombre actual, cegado por la tecnología e insensible ante la injusticia. El espíritu acústico queda recogido en un último minuto largo que acaricia y despide con suavidad un disco de emociones a flor de piel.

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