Miguel Delibes. “El camino”

Fue hace algunos meses que Yolanda, mi amiga desde los cinco años, me confesaba una tarde, lo que le venía pasando desde hacía tiempo, -últimamente no puedo leer, no me concentro, no me engancho a ningún libro-, me dijo. Lo hizo con la mirada caída entre las manos asidas la una a la otra, como quien debe dar una noticia trascendente e íntima, casi como si anunciara el diagnóstico de una enfermedad. En su pupila bailando, una desconcertada interrogación.

He pasado desde entonces algunos ratos pensando sobre esta cuestión, intentando dar con el porqué y la “cura” de esta súbita merma, localizar la avería en el exacto transmisor neuronal que se encarga de desenrollar mundos y expirar aliento a los seres de papel. Y no lo he logrado, todavía.

miguel-delibesDesde siempre entre nosotras un libro, el “Senda” para las lecturas en clase. Pero a los nueve o diez años, lo que de verdad nos gustaba era la hora semanal en la que Don Arturo, el Duro, nos llevaba al territorio salvaje de las lecturas libres en la biblioteca.

–Mira, ven, voy a enseñarte una cosa- me dijo.

Y así, como una exhalación, osada, como es ella con las cosas que le emocionan, me llevó en volandas hasta la ubicación exacta del libro. “¿De dónde venimos?”, se titulaba aquel códice secreto y maldito que nos desveló los misterios de la reproducción, en los mamíferos, que era lo interesante, claro. Eran emocionantes los nervios por cobrarlo de la leja sin ser vistas por don Arturo, el Duro, que se sentaba de espaldas pero que de vez en cuando se giraba por sorpresa- a ver señorita, ¿qué está usted leyendo?-, yo no sé si con interés pedagógico o ánimo inquisitorial. El caso es que don Arturo, el duro, era de los que ponían castigos y le podían sacar a una los colores delante de toda la clase. Lo llevábamos a la mesa sin levantar sospechas y lo ojeábamos conteniendo la sorpresa y la risa. Un juego que nos duró todo un curso, y nunca nos pillaron.

Todas las lecturas obligatorias que casi nunca eran un martirio para nosotras; “Una historia familiar”, “El pequeño vampiro”….Gracias a Yolanda por primera vez lágrimas enjugadas con la celulosa de las páginas de “La Historia interminable”. Frívolos escarceos con las aventuras de las chicas de Marian Keyes, juntas nos apuntamos a la moda de los mamotretos de novela histórica…Han sido muchos a lo largo de los años.
Pero si hay un libro entre todos, que nos dejó especial recuerdo, que mantiene su pátina mágica de ternura entrañable para nosotras, es sin dudar un instante, “El camino”, de Miguel Delibes. Recuerdo que cuando lo leí de pequeña, me sentí muy afortunada por tener un pueblo, como el de Daniel, el Mochuelo. Me preguntaba si el resto de niños, que no conocían uno, entenderían la historia de la misma forma que yo. Porque en la ciudad, por mucho que fuésemos niños de los ochenta, de los que no hacían actividades extraescolares más que pasar las tardes en la calle jugando al “balón quemao”, no era lo mismo que pasar los veranos enteros con tus abuelos en el pueblo.

Yo sabía lo que era una quesería como la de Daniel, porque por las tardes, siempre cuando caía el sol, mi abuela me enviaba con su cartera grande y la lechera de aluminio a donde Antonio, el de la vaquería, que despachaba en la ancha entrada del caserón encalado. Pero un día, mi padre se lo pidió y pasé con él de la mano a donde estaban las vacas. Enormes animales, los más grandes que había visto después de los caballos de Antonio, el Jeta, y la mula de mi abuelo, Castañica. Un día mi padre también se lo pidió a Antonio, el Jeta, y me montó en una yegua que llevaba haciendo requiebros y cabriolas por la calle. No me llegaban los pies a los estribos recuerdo, y contrariamente a lo que yo había supuesto, él se quedo en tierra firme guiando a la yegua del ramal.

Decididamente no había nada comparable, nada como la autonomía que nos brindaban las bicicletas en aquellas interminables tardes de verano. Bastaba enfilar por cualquier camino para encontrar un territorio inexplorado con todos sus recursos a nuestro alcance; lo mismo una balsa de riego, que un huerto tapiado, que el vertedero municipal. Si no hubiera sido por mi pueblo, a día de hoy todavía no me habrían puesto la antitetánica.

Por eso me preguntaba yo, para mis adentros, que cómo un niño de ciudad, sin paliativos, iba a imaginar cómo olían las queserías y los pajares, ni lo fría que está el agua de las pozas, en su defecto de las balsas de agua de nacimiento, ni cómo podía ser la tienda de las Lepóridas, que en mi imaginación se fundía punto por punto con la de Miguel, el Panadero, donde iba con mi abuela a comprar parches para la bici y Cremtona para la merienda.

He vuelto a leer el libro justo ahora, para escribir este artículo, con un poco de resquemor al principio, porque uno tiene siempre aprensiones de volver a los lugares donde un día fue intensamente feliz y sabe que el tiempo puedo haber cambiado. Y sin embargo, me ha emocionado comprobar lo divertido que sigue resultándome, pero además, lo sorprendente ahora es pensar que pudiéramos leerlo en aquel momento en que lo leímos, con once, doce años quizá. Me refiero a que, para empezar, se trata de una prosa castellana hecha y derecha, nada de adaptaciones lingüísticas al nivel de desarrollo cognitivo propio de la edad. Sí señor, una historia de travesuras y con niños como protagonistas, pero una novela con mayúsculas, con densidad psicológica en los personajes, y reflejo social, y riqueza léxica, que además no edulcora y mucho menos escamotea los detalles escabrosos de la condición humana, que se expresa como la vida misma. Pienso ahora que esa es la grandeza de esta novela y de la obra de Miguel Delibes en general, su verdad, que es una para todos.
Delibes no consiguió finalmente el premio Nobel, cosa que tampoco le preocupaba a él, que tenía en definitiva las cosas que le eran realmente necesarias y verdaderamente importantes; su sosegada vida en su pueblo natal, su afición a la caza y su escritura, en la que hablaba de las cosas que le rodeaba y conocía y en las que penetraba con una portentosa agudeza y precisión. Y así, sin ningún ánimo de protagonismo, relevancia, o trascendencia, es como Delibes se ha instalado en la historia de la literatura y en el imaginario colectivo de muchísimos niños de entonces que pasamos por él en las aulas. Tan austero que evadía en lo posible los actos oficiales y los homenajes, mucho más si implicaban desplazarse de su pueblo, humilde como para empezar cada discurso de investidura con un –no merezco este reconocimiento- , fue despedido en marzo de 2012 por un coro de voces congregadas espontáneamente, ciudadanos, lectores simplemente como nosotros, al grito de:
-Don Miguel, maestro, maestro, maestro-
Sin duda un libro para volver a estimular esas regiones del cerebro que buscan el camino de vuelta a los libros. Plantéense incluirlo en el carro de la compra navideña, seguro que harán feliz a alguien. También lo haré yo, en papel, como cuando éramos pequeñas.

 

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