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Lou Reed, el último adiós al primer poeta urbano

Lou Reed, fragmento de la portada de Transformer (1972)
Lou Reed, fragmento de la portada de Transformer (1972)

Lou Reed, fragmento de la portada de Transformer (1972)

En tiempos de buenos propósitos, amor libre, paz y psicodelia californiana, una faceta más oscura emergió en la música popular estadounidense. Terminando los sesenta un inquietante reverso desmitificaría esas buenas intenciones, retratando otra realidad marginal un tanto olvidada. Al frente de tal movimiento alternativo, una banda: la Velvet Underground. Y al frente de tal banda, un hombre: Lou Reed. Poeta callejero, ilustrado literato (licenciado en filología inglesa), músico transgresor y drogadicto, lo suyo fue deambular por el lado más salvaje de la vida. Ya desde lejos se adivinaba que no era un tipo cualquiera: su peculiar estampa negra precedía al primer gran icono gay de la galaxia rock.

Siempre unido a Nueva York, el destino no quiso que Lou Reed (Lewis Allen Reed, 2 de marzo 1942, Brooklyn) fuera profeta en su tierra: el mayor éxito comercial de su carrera llegó en Londres (Transformer, 1972), cuando se cruzó en su vida su discípulo David Bowie. Eso sí: la gran manzana dio nombre, en forma de homenaje, al único álbum de oro de su discografía (New York, 1989). Duro y sensible, hermoso y oscuro, tierno y cruel, indulgente y despiadado, con una voz plana y seca, en ocasiones melódica, que anunciaba una personalidad contradictoria. Los años pasaron, confirmando el carácter arriesgado de todas y cada uno de sus impredecibles trabajos.

Con la Velvet Underground…y Andy Warhol

La muerte de Lou Reed casi coincide en el tiempo con el cincuenta aniversario del nacimiento de la Velvet Underground. En pleno éxtasis hippie, con el país levantado en torno a los derechos civiles, la costa este aportó su propia visión del rock. Los Beatles habían abierto nuevas vías sonoras con el Sgt. Pepper’s y grupos como Beach Boys, Grateful Dead, Mamas & the Papas y los Doors tomaban las playas de Los Angeles y San Francisco con su folk psicodélico. De alguna sórdida manera, la banda formada por el virtuoso bajista John Cale, el guitarrista Sterling Morrison, la andrógina batería Maureen Tucker (tras sustituir a Angus MacLise) y el propio Reed, además de la puntual colaboración de la glacial voz de la modelo alemana Nico (impuesta por Warhol), precipitó el final de una era de inocencia.

Con un presupuesto bajísimo, y en apenas ocho horas de trabajo de estudio (de ahí su irregular producción), salió a la luz el legendario Velvet Underground y Nico (1967). Inmortal e ignorado, la crítica lo despreció y el público le dio la espalda. El disco se estancó en el puesto 171 de las listas de ventas. Más allá de su recepción (el reconocimiento llegaría con el tiempo), el debut de la Velvet asestó un directo en la mandíbula de los al preceptos más conservadores del rock mainstreim de la época. Once explosivos temas en forma de retrato autodestructivo alrededor de toda la fauna que rodeaba la escena vanguardista y moderna de la ciudad de Nueva York, inspirándose en el sofisticado rebaño de acólitos de Andy Warhol (como bien refleja All tomorrow parties), al mismo tiempo padrino y mecenas de Velvet Underground. La dureza de sus autodestructivos temas (Heroin), sus letras obsesivas sobre la droga, el sexo, la alineación y el hedonismo, encontraron el camino para convivir con la belleza de algunas de sus melodías (Sunday morning).

La figura del controvertido Warhol, precisamente, no ayudó a la banda a granjearse el favor de la crítica. Y todo ello a pesar del aparato propagandístico del gurú de la vanguardia y el arte popular, en forma de eventos multimedia para adornar la esencia musical. El escaso éxito de ventas empujó a algunos de sus miembros a plantearse una vía más comercial. Aquel giro desembocó en la salida del siempre vanguardista John Cale de la banda, fruto de la tensión creativa. El sonido del grupo perdió peso experimental con la salida del galés; no así las letras, el terreno ocupado por Reed.

En cualquier caso, la influencia de la considerada primera banda de rock alternativo en la música popular fue incuestionable. La sencillez en los planteamientos, cercanos al garaje, unas letras subversivas y amorales, sumados a una actitud desafiante encendieron a muchas de las bandas de la futura escena punk y sus secuelas (Sex Pistols, Television, Talking Heads o Joy Division), antes de definir el movimiento independiente (Sonic Youth, R.E.M., The Smiths, Nirvana, The Jesus & Mary Chain o The Strokes). La Velvet dejó incluso su sello en los más comerciales U2 (Bono, amigo personal de Reed) o Prince.

Carrera en solitario: el éxito y la coherencia

Coincidiendo con el cambio de década, las dudas secundaron la salida de Lou Reed de la Velvet Underground. El presente merecía una reflexión:  su futuro como vocalista corría peligro, más allá del refugio de la composición. Hasta que se cruzó en el camino de otro de los grandes gigantes de la música popular. Su asociación con David Bowie provocó el primer gran éxito comercial de su carrera. El inglés, especialista en arreglos pop e incondicional de la Velvet, supo acomodar las oscuras letras del americano. En Londres, alejado de su icónica Nueva York, encontró el hábitat perfecto para explotar y definir el concepto del glam rock, por su carácter sexualmente ambiguo. Con Bowie y su guitarrista Mick Ronson, Transformer (1972) presentó la mejor producción hasta el momento de su carrera: los moderados arreglos vocales y de viento dieron una nueva dimensión a las poderosas composiciones de Reed. El paradigma del cambio lo representa  Walk on the wild side (único tema en su carrera en alcanzar el top 20 en las listas de sencillos), catálogo de la fauna de la calaña más baja neoyorkina, curiosamente ya alejado del manto de Andy Warhol.

Para desgracia de Lou Reed, el éxito de Transformer no fue más allá de un simple espejismo. Poco dado a amoldarse, el neoyorkino renegó del glam para ser fiel asimismo: de la mano del productor Bob Erzin regresó el genio más arriesgado. Berlin (1973) fue un trabajo conceptual, agotador y depresivo, casi un sonoro guion de cine, sobre dos amantes norteamericanos en la dividida metrópoli alemana. La crítica y el público volvieron a darle la espalda. Desde entonces, y hasta el final de su carrera, Reed ya nunca dejó de sorprender. Le cogió el gusto a lo inesperado; por decirlo de otra manera, a coger a sus seguidores con el paso cambiado. Antes de que una enfermedad hepática acabara con su vida el pasado 27 de octubre (a los 71 años), peaje obligatorio por una vida de excesos, la madurez le había sentado bien musicalmente. Una trayectoria final digna y coherente con su ecléctica y personalísima trayectoria. La de un genio transgresor, para muchos, el hombre que cambió el destino del rock and roll.

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