La sombra

la sombra

la sombraMe encontré con la sombra una noche, cuando saliendo al hálito dulce de la acogedora noche de verano anduve sobre las losas perdido en quimeras cotidianas. A penas fueron unos pasos y entonces la vi, por el rabillo del ojo, acercándose desde el otro lado. Supe que era ella, la sombra, su cara me era familiar y los vigías apostados en mis retinas, en mis oídos y en mi olfato la conocían de sobra…sonó la voz de alarma.

Enseguida bajé el rostro a tierra y fingí mirar la hora, en la taberna de mi estómago se cerraron las puertas de golpe y la criada echó a los comensales a destiempo. Una cuadrilla de nervios gritaron desde el fondo quejándose por haber sido despertados. Se nos iban los centímetros de entre medias de los dos, huían escandalizados dejando paso a lo inevitable: un saludo básico, de paso, en el que no acerté ni a descubrir con mis ojos, los suyos.

Me quedé removido, pasto de un terremoto locuaz que movió mis tiernos cimientos con un poder superior al mío. O quizás fui yo quien confirió ese poder a la sombra.

Porque la sombra, al carecer de cara, puede ser muchas cosas, pero casi siempre es lo que nosotros ponemos de misticismo en ella. Es como un espejo, pero un espejo ladrón que no devuelve imagen alguna, sino que absorbe lo que nosotros le presuponemos. Como un papel en blanco al que le lanzamos letras que no podemos luego leer. Nos quedamos con una sensación de vacío, como si nos hubieran robado. Pero también puede ser lo oscuro que la moral no contempla. En este caso la sombra tenía cara, y esa cara dotaba a la sombra de un deseo aún por desentrañar.

¿Era un deseo carnal? ¿Fue simplemente admiración? No sé si importa ya…porque en este caso no pude descubrir la respuesta, y por eso, la sombra, esta sombra, se me hizo más oscura.

Esta sombra, la sombra, puede ser muchas cosas, pero para mí fue lo no tenido, lo no descubierto, levadura para los sueños y los humos de la mente. Se transformó en un mito con el que sentarme por la noche, luego de una juerga fracasada y fantasear entre delirios resacosos con cómo hubiera sido encontrarme con la sombra, a plena luz, bajo el sol de la verdad. Quizás es eso, lo que nos gusta desear, simplemente desear porque todos tenemos noches de aciago en las que necesitamos un peluche de carne y hueso al que abrazar, aunque sea en sueños.

Pero conforme me hago mayor y me ablando, voy perdiendo el gusto por tener mi mente llena de juegos de sombras, quiero sentir y poder manejar, como el niño que juega con plastilina, de mi realidad. Deleitarme a capricho con algo real, y si no, a otra cosa. Que a veces he sentido el rumor de los años que vienen en los que el peso de una mente sin trillar hace que los hombres se encorven destilando sus fantasmas a golpe de botella. A esta sombra la diría tantas cosas, que quizás se las escriba, para no olvidarlas. Sombra que me ves rojo de secretos que pintan mi cara cuando me encuentras, goza con mi devoción y respeto, pero, si no se descubre al sol de la verdad nuestro encuentro me temo que dejaré de soñar despierto, y haciendo de tirano a mis bajas pasiones me iré al convento de la moral, donde cada cual administra sus adentros para dar la cara ante el vecino, ante el hermano y ante el ministro.

Gozando todos de la lozanía de la decencia, del buen gusto de las normas sociales, mientras a cada cual, en sus noches de aciago, le vienen las legañas de deseos frustrados y se encuentran mirando al techo de sus alcobas a falta de un amante que les tape la visión del techado.

Esta sombra quizás es luz, y sea la estrecha moral la que la relega al oscuro de la noche, confundiéndola yo con algo prohibido maduro ya en el alto árbol. Pero a veces me apetecería sentarme a devorar la manzana mientras el jugo me resbala en cataratas de culpa consumada, a la que, conforme el reloj de la experiencia avanza, doy menos importancia. Devorarte, sí, sombra que me visitaste. Sin complejos ni amenazas, quizás pudiéramos habernos dado una felicidad que pocos soportaran.

Así vamos, avanzando sobre el enlosado, sonriendo, engordando, mientras al sol de nuestra vida que se precipita hacia el ocaso de los años nuestras sombras, desatendidas, de deseos tal vez legítimos, pero desatendidos, se van alargando.

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