La historia del Rock en 25 canciones (segunda parte)

Led Zeppelin

Whole lotta love (Led Zeppelin, 1969)

Led Zeppelin

Led Zeppelin, la semilla del Hard Rock.

Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison ¿Qué guardan en común estos cuatro nombres? Personajes todos ellos relacionados con la música, cierto. Pero una circunstancia mucho más siniestra relaciona su destino: murieron a los 27 años de forma trágica, antes de pasar a engrosar la casi mitológica nómina de mártires del rock. El alcohol, las drogas y el desorden vital ejercieron de verdugo. En apenas dos años, entre 1969 y 1971, el género sufría un duro revés al perder de golpe a cuatro de sus más geniales representantes. Su legado, sin embargo, ya había germinado; su influencia en las siguientes generaciones sería decisiva para la evolución del movimiento. Fue el caso de Hendrix. En el capítulo anterior repasábamos su carrera, un exótico viaje hacia sonidos más pesados por la senda del blues psicodélico, protagonizado por un virtuoso de la guitarra eléctrica. Progresivamente, el protagonismo de los murmullos de las seis cuerdas fue creciendo hasta convertirse en objeto de culto para una nueva ola de rockeros en  busca de un giro más potente y agresivo. La semilla del hard rock y, posteriormente, el heavy metal, estaba plantada.

El estruendo llegó de Inglaterra. De nuevo las islas británicas tirando del carro. Bandas como Deep Purple, Led Zeppelin, The Jeff Beck Group o Black Sabbath recogieron el testigo de las primeras melodías endurecidas de The Kinks, Cream, The Jimi Hendrix Experience o The Who. Sin olvidar al trío de guitarritas de The Yardbirds, la cantera fundamental en la construcción del nuevo sonido macizo: Eric Clapton, Jeff Beck y Jimmy Page. A rebufo, Norteamérica también aportaría su dosis de hard rock con grupos como Steppenwolf, Mountain, Blue Cheer o Grand Funk Railroad. Todavía lejos de las descargas, los latigazos y el estruendo del heavy metal, se aumenta el volumen de un sonido cada vez más crudo; las guitarras se distorsionan, se dinamizan las bases rítmicas e instrumentales y el uso de los amplificadores hace el resto. El resultado es denso y pesado. De fondo, un aullido subraya la oscuridad de unas letras convertidas en himnos amorales y lujuriosos.

El panorama musical de los últimos sesenta evidenciaba un reciente vacío de poder. Los Beatles, tras demostrar la viabilidad experimental del pop, se separan, siguiendo el mismo camino que en 1968 había tomado Cream. El trono del blues rock quedaba vacante. Al mismo tiempo, el mundo era testigo de las revueltas estudiantiles y obreras de París (el Mayo francés del 68) o de Praga (la Primavera de Praga). Los deseos pacifistas de la generación hippie se habían sustituido por una corriente de revolución social más activa. Es entonces cuando el último de los guitarristas de la factoría Yardbirds, Jimmy Page, conoce a Robert Plant, y su arrolladora voz, y decide formar un nuevo grupo. La formación queda lista con un rudo colega del Plant a la batería (John Bonham) y un viejo amigo de Page, también músico y arreglista de estudio, con el bajo (John Paul Jones). La elección del nombre se inspiró en la fallida profecía de Keith Moon (batería de The Who), quien había augurado el fracaso y la caída de la banda como la de un “zepelín de plomo”.

El nuevo manager Peter Grant, ex de Yarbirds, contribuiría notablemente en el imparable ascenso de Led Zeppelin, sobre todo al situar a Estados Unidos y su abundante mercando en el centro de la diana. Una inteligente estrategia de mercadotecnia que se sustentaría con una promoción impactante, las giras mastodónticas y la publicación gradual de cada uno de sus álbumes. En lo estrictamente musical el sonido de la banda gravitó entre las lindes del blues rock, el hard rock y el folk tradicional, con recurrente aportaciones exóticas y líricas. Con el tiempo, evolucionaría hacia interpretaciones acústicas y armonías más melódicas. Por el camino, un rosario de incidentes en los hoteles, escándalos sexuales y promotores acobardados. Con el auge del huracán punk, la banda no fue capaz de encontrar su propio camino. La muerte por intoxicación etílica de Bonham, en 1980, terminó de certificar la disolución del grupo que mejor simboliza la arrogancia del universo rock.

Pintball wizard (The Who, 1969)

The Who, abanderados del movimiento Mod.

The Who, abanderados del movimiento Mod.

Al menos durante dos años (entre 1964 y 1966), el Reino Unido se había convertido en el referente mundial de la moda y la música. Las calles de Londres se estremecieron con la explosión juvenil beneficiada por las tolerantes medidas sociales locales de la segunda postguerra del siglo veinte. Un nuevo estilo de vida hedonista, alborotador, excéntrico y descuidado tomaría la capital británica. Aparecen las tribus urbanas. Una de ellas, el movimiento mod, reivindica los sonidos negros Norteamericanos (el jazz, el rythm & blues y el soul), los trajes de corte italiano, el cine francés de la nouvelle vague y las motocicletas scooter (Vespa o Lambretta). Las canciones de The Who o The Small Faces acompaña el día a día de una generación entregada al frenesí y la diversión. Un canto a la juventud con tempranera fecha de caducidad. Los ecos del movimiento hippie alcanzaron las islas y una filosofía más reposada amansó a la prole. La corriente musical también evolucionó de la mano de la psicodelia hasta alcanzar el ensayo de nuevos sonidos experimentales. El Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) de The Beatles puso la puntilla. El rock abandonaba la adolescencia.

Así llegó Tommy (1969), la primera ópera rock de la historia. O no, porque su propio creador, Pete Townshend (guitarra y principal compositor de The Who), reconoce la existencia previa e influencia de S. F. Corrow (1968) de los Pretty Things. En cualquier caso, el álbum revolucionó el panorama creativo al presentarse, en primer lugar como disco doble (inusual para la época), y sobre todo, por abrir la vía conceptual en su concepción temática. En Tommy, todos los cortes formaban parte de un conjunto narrativo en forma de pequeñas piezas de una misma historia. Repetirían fórmula en 1973 con Quadrophenia, obra casi autobiográfica.

El sendero musical por el que la banda formada por el citado Townshend, la poderosa voz de Roger Daltrey, el bajo de John Entwistle y la batería de Keith Moon, viró desde los primeros himnos generacionales inspirados por el skiflle, el rock and roll y el rythm and blues hacía esquemas más experimentales relacionados con la música clásica y el jazz, a través de arreglos de cuerda y viento. De hecho, a los londinenses les recuerda la historia como los precursores en asimilar las posibilidades de la música electrónica dentro del rock, gracias al uso de sintetizadores. Con su arrolladora y enérgica puesta en escena, además de su carisma y actitud provocadora, The Who rivalizaría con los Stones por el trono de reyes de música rock en los sesenta.

Paranoid (Black Sabbath, 1970)

Black Sabbath,

Black Sabbath, el terror del Heavy Metal.

La ciudad de Birmingham fue reconocida como uno de los motores que impulsaron la Revolución Industrial inglesa durante la segunda mitad del siglo XVIII. Desde entonces, su sostenibilidad económica se mantuvo siempre de la mano de la industria, especialmente la metalúrgica. Ya en el siglo veinte, en una de las empresas de la urbe dedicadas al tratamiento del metal, un muchacho de dieciocho años se seccionaba la yema de dos dedos de la mano derecha al manipular una de las pesadas planchas con las que solía trabajar. Corría el año 1966. El joven Tony Ionmy, gran aficionado a la guitarra eléctrica, se temió lo peor; su futuro en la música parecía finiquitado. Hasta que un amigo le animó a conocer la biografía de Django Reinhardt, un antiguo guitarrista francés de jazz que hizo carrera con dos falanges de menos. La historia animó a Ionmy. Gracias a sus conocimientos metalúrgicos, fue capaz de moldearse unas extensiones metálicas, con una prótesis de plástico y cuero, y adaptarlas a sus dedos amputados. Para aumentar la sensibilidad de los dedales metálicos bajó la afinación y la tonalidad de su guitarra, y comenzó a utilizar cuerdas más finas y destensadas. El azar quiso que aquel efecto oscureciera el sonido del instrumento, despertando de su letargo a la bestia del heavy metal.

Pocos años después de aquel episodio, Tony Ionmy fundaría junto a Bill Ward (batería), Geezer Butler (bajo) y Ozzy Osbourne (voz) la banda pionera del heavy metal: Black Sabbath. Concebidos en sus inicios como una formación de blues rock más de la época (conocidos entonces como Polka Tulk Blues Band), una película de terror del director italiano Mario Bava (Las tres caras del miedo, 1963) cambiaría su destino; el grupo decidió no sólo dar un giro a su música hacia sonidos más endurecidos, sino también a su apariencia y puesta en escena (lo que resultó ser más una estrategia de marketing que una epifanía vital). Incorporaron a su repertorio textos terroríficos, inspirados en el ocultismo y el satanismo, así como en el cine de terror de Boris Karloff y los escritos del mago negro Aleister Crowley. El rechazo de la crítica especializada y la nula difusión en las emisoras musicales fue el tempranero peaje que la banda debió tributar en su particular autopista hacia el infierno.

Con los altibajos emocionales que se esperan de personalidades tan excéntricas como las de Ozzy Osbourne (quien terminaría siendo expulsado del grupo en 1979), la carrera de Black Sabbath se vistió de éxito mientras sentaba las bases del nuevo y estruendoso género. Nombres como los de ACDC, Aerosmith, KISS, Van Halen, Def Leppard, Judas Priest, Iron Maiden o Metallica continuarían su legado.

Midnight rider (The Allman Brothers Band, 1970)

The Allman Brothers Band, el orgullo del Rock Sureño.

The Allman Brothers Band, el orgullo del Rock Sureño.

Si retrocedemos un par de décadas en el tiempo repararemos en un curioso dato; la mayoría de los padres fundadores del rock and roll nacieron en el sur de Estados Unidos: Elvis Presley (Misisipi), Little Richard (Georgia), Bo Diddley (Misisipi) o Jerry Lee Lewis (Luisiana). Y si todavía ampliamos más nuestra mirada retrospectiva, hallaremos en la frontera entre los estados de Tennessee y Misisipi la cuna del Delta blues, apogeo rural del género. Por si fuera poco, además del rock, el rockabilly y el blues, el soul, máxima expresión musical de la población negra en la década de los 60, también encontró refugio en la zona. El sello Stax, némesis de la famosa Motown natural de la industrial Detroit, se estableció en Memphis donde grabó a artistas de la talla de Otis Redding o Sam & Dave. Casi nada.

Elvis y sus coetáneos se marcharon, igual que la década de los cincuenta. El rock emigró del medio rural hacia las grandes urbes del país (Nueva York, Los Ángeles, San Francisco) para hacerse adulto. Se alejó tanto que cruzó el océano Atlántico para encontrar nuevos caminos y sentimientos. Pero el viejo y cansado sur no podía cruzarse de brazos y emprendió su propia revolución. La revolución musical confederada, versión yankee del boom del blues rock inglés. Entre ceja y ceja recuperar las raíces tradicionales de la región; desempolvar la pureza inicial del rock and roll y su espíritu más salvaje, mientras en los dos extremos del país se experimentaba con el folk y la psicodelia. La receta del nuevo southern rock (o rock sureño) era sencilla: enriquecer los principios del blues clásico, salpicado de elementos country, con las nuevas posibilidades de la guitarra eléctrica.

Un número amplio de bandas se encargaron de reinstaurar el orgullo sureño y proclamar los orígenes rurales del género. Desde Creedence Clealwater Revival hasta Lynyrd Skynyrd, pasando por The Band. Y también, claro, The Allman Brothers Band. La formación originaria de Jacksonville (Florida), capitaneada por los hermanos Duane (guitarra) y Gregg (voz y teclado) Allman, construyó una carrera fiel a los preceptos del blues rock, con pinceladas jazzísticas, y eternas improvisaciones de guitarra reforzadas por la sección rítmica edificada por la doble batería del tándem Butch Trucks y Jai Johanny Johanson. El bajo de Berry Oakley completaba la sección rítmica. En plena efervescencia como grupo referente de la américa profunda, la desgracia se cruza en su camino. Su sensato líder y auténtico cerebro, Duane Allman, fallece tras sufrir un accidente de moto en 1971. Las desgracias (dicen) nunca llegan solas, y apenas un año después era Oackley el que moría en un percance similar. Pese a la suma de fatalidades en tan corto espacio de tiempo, la banda mantuvo una sólida carrera en las que no faltarían éxitos como Ramblin’ man o Midnight rider. Igual que en otros muchos casos, la falta de respuestas ante el movimiento que arrasaría el panorama de la música mundial en la segunda mitad de los 70 (el punk), aceleró el final de su trayectoria, si bien el fértil sur Norteamericano ya nunca dejaría de brindar su sonido a los amantes de aquel viejo y honesto rock and roll.       

Starman (David Bowie, 1972)

David Bowie, y la ambigüedad del Glam Rock.

David Bowie, la extravagancia y ambigüedad del Glam Rock.

La mayoría de edad del rock coincidió con el cambio de década. Los setenta descubrieron al grueso de los grandes grupos en la búsqueda de nuevos sonidos y experimentaciones melódicas. La semilla del rock psicodélico germinó en los virtuosismos y complejos desarrollos del rock progresivo y sinfónico. Pero no todos los sectores apoyaron la tendencia ilustrada; hubo quien apostó por recuperar la frescura y la inocencia del rock and roll, la espontaneidad olvidada entre sintetizadores vanguardistas y arreglos clásicos. Así nació el glam rock (en Gran Bretaña, como no), una respuesta estética más que una nueva propuesta musical. Los escenarios se poblaron de extravagantes disfraces (cercanos al travestismo), llamativos maquillajes y provocación sexual (con grandes connotaciones homosexuales). Una opción tan estrafalaria y efectista que no tardó en sufrir el desprecio de aquellos que la tachaban de atentar contra la culta transformación del rock. David Bowie, Elton John, Bryan Ferry, Rod Stewart y Marc Bolan encabezaron el glamuroso movimiento. Sin embargo, la solidez posterior de sus carreras, en la mayoría de los casos, demostró que su talento brillaba más que los cosméticos y las lentejuelas.

Nunca nadie en la historia de la música popular supo adaptarse a sus vaivenes y metamorfosis como lo hizo él  ¿Y quién es él? David Bowie, por supuesto. El camaleónico y polifacético duque blanco, capaz de sobrevivir a modas y tendencias, haciendo gala de una gran inteligencia para sacar partido a lo mejor de cada época imprimiéndoles un sello absolutamente personal. De origen acomodado, David Robert Jones pronto muestra interés por el jazz, la filosofía budista y la generación beat. Se estrena en la música cobijado por The Kíng Bees, The Mannish Boys y Davis Jones and The Lower Third, sus primeros grupos. Todos siguen la senda del actual rythm and blues británico con una gran influencia estética mod. Los setenta se acercan y Bowie se interesa por los ambientes artísticos del swinging London, el teatro londinense y la ola pacifista del movimiento hippie. El estreno cinematográfico de la obra maestra de Stanley Kubrick, 2001: una odisea en el espacio (1969), le inspira en la composición de su primer álbum de estudio (Space oddity, 1969). Durante los dos siguientes, el artista atraviesa un periodo de exploración sonora. Coquetea con la vanguardia en su trayecto eléctrico desde paisajes acústicos.

La marea glam se cruza en su camino, y la intuición de Bowie no deja pasar la oportunidad. El vehículo parece que ni pintado para dejar volar su imaginación. Amparado en la nueva moda, construye un personaje de ficción de excesiva estética, juega con la ambigüedad sexual y planifica una puesta en escena estimulante para un nuevo tipo de público, aficionado a los efectos especiales y la frivolidad tanto (o más) que a la pureza del sonido. En el corazón del glam aparece su obra más relevante, y uno de los hitos de la historia del rock: The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars (1972), una hibridación perfecta entre el dramatismo vocal y el rock más esencial (en contraste con la tendencia de la época a alargar las intervenciones de las guitarras). Lo que vino a continuación fue la sólida carrera de un Bowie que supo adaptarse a las nuevas tendencias y los caprichos de la industria, demostrando por que ha sido y es uno de los pilares del pop.

Wish you were here (Pink Floyd, 1975)

Pink Floyd, de la psicodelia al Rock Progresivo.

Pink Floyd, de la psicodelia al Rock Progresivo.

Después de las juergas, los excesos, las provocaciones y los escándalos de los dorados sesenta, el rock decide ponerse serio. Una nueva generación de músicos emergió para relevar las lagunas y vaivenes de los grupos consolidados. Herederos de la psicodelia, los nuevos abanderados del movimiento se afanaron en la búsqueda de nueva formas de expresión vanguardistas. El camino hacia la experimentación llevó a estos innovadores a estrechar lazos con el jazz y la música clásica, amplificando el perfil del público potencial. El rock progresivo, como se bautizaría al género por su inclinación hacia el barroquismo armónico, destacaría por el surrealismo de los textos y el atrevimiento de los  sonidos de sintetizadores de resonancia espacial. Al mismo tiempo, dotó al rock de mayor riqueza artística, añadiendo a su repertorio musical originales elementos visuales encerrados en un mismo tono conceptual. Mencionaremos a Pink Floyd, Genesis, Frank Zappa, Emerson, Like & Palmer, King Crimson o Jethro Tull. Ellos, entre otros, elevaron el rock a la categoría de música culta, desterrando su lado más frívolo.

El adjetivo que más justicia hace a la trayectoria de Pink Floyd es el de originales. Su perenne anhelo vanguardista les llevó a encabezar la facción experimental del rock durante la década de los setenta; justo hasta el dominio de las tendencias dominantes posteriores a la explosión del punk, a las que nunca llegaron a adaptarse. Muchos años antes, sobre 1966, la expansión de la psicodelia californiana alcanza las islas británicas. Son los años universitarios de Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason, tres estudiantes comprometidos con los preceptos contraculturales. Después de varios intentos por asentar sus inquietudes musicales en bandas afines al rythm and blues británico, la aparición de Syd Barrett, antiguo compañero de bachillerato de Waters, precipitó el nacimiento de Pink Floyd. En los comienzos, Barrett se convierte en el verdadero corazón del grupo, encargándose no sólo de la faceta compositiva, sino también de su imagen y expresión gráfica. La psicodelia protagoniza sus primeros discos. Pero el genio se pasa de rosca. La demencia se abre paso a base de sustancias psicoactivas (como el LSD). Waters decide coger las riendas y lo relega a un segundo plano compositivo, al tiempo que invita al guitarrista David Gilmore a colaborar con la banda. La salud mental de Barrett empeora y la situación se vuelve insostenible. Finalmente, queda excluido y Gilmore ocupa su lugar de forma definitiva.

Pocos creyeron en el futuro de la formación sin Syd Barret en sus filas. Pero de la desgracia se hizo virtud. El liderazgo de Waters, junto a la suma del talento coral en tareas creativas y compositivas,  condujo  a la banda hasta límites artísticos inesperados. La psicodelia dejo paso progresivamente a sonidos más complejos y elaborados, frente al reinado de la guitarra eléctrica. Imágenes y diapositivas simbólicas completaban sus espectáculos. Aquel llamativo despliegue visual potenciaba unos efectos sonoros casi espaciales, brindando un marco estimulante destinado a fascinar y sorprender a sus seguidores.

Born to run (Bruce Springsteen, 1975)

Bruce Springsteen, corazón de Rock and Roll.

Bruce Springsteen, corazón de Rock and Roll.

Un terremoto se estaba gestando en las entrañas del rock: el Punk. La escena musical estaba a punto de recibir una terapia de electroshock que haría temblar los cimientos de una estructura oxidada. El éxito sin parangón de lo supergrupos (The Beatles, The Rolling Stones, The Who, Led Zeppelin, etc.) en los sesenta precede a la aparición del particular star system del rock and roll (al más propio estilo hollywoodiense). Los medios de comunicación encuentran un filón en las pasiones que despiertan; la televisión se vuelca con las imágenes de los nuevos iconos juveniles. Son vasos comunicantes: el aumento de los intereses comerciales (el poder de los sellos discográficos va en aumento) coincide con el descenso de la creatividad artística. Las promociones planetarias y las grandes giras empujan a un segundo plano la artesanía creativa. No todos se han desmarcado, es cierto. Pero las nuevas tendencias lo alejan de su camino hacia sendas más elitistas (el rock progresivo) o artificiales (el glam rock). Por si fuese poco, la tragedia reaparece (otra vez, como una década atrás). Las drogas y otros excesos acaban con la vida de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Otis Redding, Brian Jones, Alan Wilson o King Curtis. La segunda ola del rock ve cerca su final. Pero antes de la revolución aparece la nostalgia. Un batallón de músicos (principalmente estadounidenses) recogen los restos fatigados del rock and roll fundador y le devuelven su corazón.

El rock and roll revival tuvo en Bruce Springsteen a su principal abanderado. Al rescate de un clasicismo que parecía olvidado, el de Nueva Jersey recuperó la fragancia inicial de un género que parecía desgastado. Con un lenguaje mucho más urbano que el de Dylan, recuperó el aroma del primer rock a golpes de pasional poesía, trasmitiendo a cada paso una profunda honestidad y una energía desbordante. Sus canciones se enraizaban en la tradicional cultura musical americana de origen blanco (el country o el folk), enriquecidas por el sonido de los novedosos sintetizadores y de numerosos arreglos de viento.

Jon Landau, crítico musical de referencia de los setenta en Estados Unidos, especialmente recordado por las palabras a continuación reproducidas, lo definió mejor que nadie tras ser testigo de una de las actuaciones del cantante en Boston. Corría el año 1974: “Vi aparecer ante mis ojos mi propio pasado. Y vi algo más: vi el futuro del rock and roll, y se llama Bruce Springsteen. En una noche en la que necesitaba sentirme joven, él me hizo sentir como si estuviera escuchando música por primera vez en mi vida“.

 Bohemian rhapsody (Queen, 1975)

Queen,

Queen, himnos Rock de factura popular.

En pleno apogeo de lo ambiguo y lo glamuroso aparece la banda que mejor descifró la conexión entre el rock y la música popular. ¿Qué aficionado a la música (más o menos instruido en la materia) no conoce a Queen? Nadie. Y no por ello dejaron de ganarse (casi siempre) el favor de la crítica. Todo ello con el mérito de no instalarse nunca ante las sucesivas modas y corrientes, acumulando un ecléctico repertorio que coqueteo con el glam, la psicodelia, el rock and roll, el folk, el rock progresivo y el hard rock. Imposibles de clasificar. Como a su carismático frontman, Freddie Mercury, la magnética figura de voz versátil que elevó a los ingleses a la categoría de leyenda. Una fama, a nivel mundial, conocida tras la publicación de su cuarto disco A night at the Opera (1975). El talento artístico de los integrantes de Queen (no sólo era Mercury) amplio su alcance más allá de lo musical. Sus conciertos se convirtieron en espectáculos de luces, imágenes y artificios, sentando las bases del rock de estadio, territorio reservado para formaciones capaces de congregar cantidades masivas de público.

De una banda llamada Smile llegaron Roger Taylor y Brian May. Sin embargo, John Deacon y Mercury no contaba con ninguna experiencia profesional previa. Eran los años de reinado de grupos de hard rock como The Who, Led Zeppelin o Black Sabbath, y su sonido no sería ajeno a la contundencia y el brío de las guitarras. Con la novedad del empaste de  unas armonías vocales cercanas a un coro. Su carrera continuó abrazando las tendencias y las modas de cada época haciendo gala de unas facultades camaleónicas para agregarlas a su repertorio. Los himnos se sucedían, salpicando las piezas pop y las baladas. Como muestra del talento del cuarteto, todos y cada uno de ellos fueron capaces de componer (al menos en alguna ocasión) un número uno.

God save the queen (Sex Pistols, 1977)

Sex Pistols, la revolución del estallido Punk.

Sex Pistols, la revolución del estallido Punk.

Una sacudida de nueve puntos en la escala Richter hizo temblar los cimientos del rock. Llegamos al año 1976 con un importante número de artistas consagrados acomodandose en su propia fama. La industria de la música, que ya había descodificado los secretos del mercado, profesionalizaba el sector en busca de nuevas cotas comerciales. Las tendencias dominantes exploraban las posibilidades sonoras con fines eruditos. El espíritu revival tan sólo afloraba en un puñado de músicos, como Bruce Springsteen, defensores de la esencia fundadora del rock and roll. Siempre en estado pendular, una nueva generación aparecería para cambiarlo todo. En Gran Bretaña, para no perder la costumbre. Un importante sector de la juventud inglesa, desesperado por la situación de la economía local, y hastiados del rock de la época, decidió pasar a la acción. Fue una revolución amateur en toda regla, empujada por el odio hacia los corsés creativos impuestos por las casas discográficas y el nuevo star system sometido a la autocomplacencia.

No future. El eslogan resume la primera regla del manifiesto punk. Le seguían el nihilismo existencial, la furia social, la decadencia estética, la celebración de la derrota, la apología del pesimismo, el reproche contra todo tipo de belleza y el ataque contra cualquier regla establecida. Un directo a la mandíbula del adormecido panorama rock de mitad de los setenta. Sus canciones, cortitas y al píe, tampoco se andarían por las ramas. Por primera vez un género de origen cien por cien blanco (inspirado en el folclore británico, el garage rock, el glam y la psicodelia) construyó un estallido saturado cercano al hard rock, basado en un robusto muro de sonido. Las sucias melodías ahogaban los berridos del cantante de turno. La fórmula duró poco. Los picos de verdadera rabia (Sex Pistols, The Clash) fueron escasos; una enorme lista de imitadores desustanciados se subió al carro. El cielo se despejaba al tiempo que remitía la tormenta. Aquella música sucia y marginal era historia, pero su legado no había hecho más que comenzar. Detrás de las provocaciones, las crestas y el ruido, el movimiento cumplió el objetivo de regenerar las estructuras del rock, influyendo en la escena mundial a partir de la década de los ochenta. Para la historia de la música, la tempestad del punk regaló una lluvia redentora que limpió el panorama.

Imposible hacer más ruido en menos tiempo. Tres años. Suficientes por hacer saltar por los aires los convencionalismos del rock tradicional. Originalmente integrados por el cantante Johny Rotten, el batería Paul Cook, el guitarrista Steve Jones y el bajista Glen Matlock (antes de que Sid Vicius le sustituyera), Sex Pistols ejercieron (sin quererlo) de avatares del cambio hacia una nueva era musical. Su influencia posterior la escenifica mejor que nada el mítico concierto que la banda dio el 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester ante una concurrencia reducidísima. En cantidad, pero no en cantidad. La semilla del movimiento post punk, siguiente evolución del rock, se encontraba en aquella sala: Pete Shelley y Howard Devoto integrantes de Buzzcocks; Bernard Sumner, Ian Curtis y Peter Hook, más adelante conocidos como Joy Division; Mark E. Smith, fundador The Fall; Morrissey, futuro líder de The Smiths; y Anthony H. Wilson, fundador de Factory Records.

(Continuará)

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5 comentarios
  1. Luis Serrano
    Luis Serrano Dice:

    Magnífica crónica; es como un viaje por las edades del Rock. Como en la primera, seguimos viendo que el Rock es más que un género musical. Es un “todo” complejo, un ente con muchas formas y precisamente esa complejidad es lo que lo hace tan especial, ya que trasciende lo meramente musical, para definir no sólo el ánimo o el estado del alma, sino que se ha convertido en el verdadero cronista del siglo XX: guerras, revueltas, reivindicaciones sociales, amor, pintura, cine, sexo, pesimismo, muerte…
    Es un tema del que podríamos hablar durante años ininterrumpidamente. Asimismo, cabe señalar que aunque servidor, es un gran aficionado al Rock, ni siquiera podría establecer un orden y una separación entre tantas etapas y sub-etapas que han acontecido en él.
    Reconozco que me ha sorprendido la anécdota de los dedos metálicos del fundador de Black Sabbath, no la conocía. Qué decir de que cada grupo mencionado, debería tener un artículo por separado, especialmente dos a mi parecer: Led Zeppelin y Queen. Sugerencia a la web 😉
    y desde aquí nombro con simpatía a un grupo folk fusión entre las dos naciones (EEUU y UK) que han creado el Rock: Stills, Crosby and Nash (and Young): escuchad “Marrakesh Express”

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    • Raúl Navarro Valiente
      Raúl Navarro Valiente Dice:

      Totalmente de acuerdo con tu comentario.

      Sin duda esas bandas (entre muchas otras) merecen una mirada exclusiva. Quizá en próximas entregas reciba respuesta tu proposición.

      Y qué decir de CSNY. Brillante trabajo coral sobre cálidas melodías acústicas. Imprescindibles.

      Responder

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