Gusanos de unos, gusanos para otros

gusanos de unos, gusanos para otros

gusanos de unos, gusanos para otros

Los fuelles del mundo siguen soplando con compás afortunado pero fatigado, estrambótico a más no poder; estrambótico y estrafalario, pero así es el orondo oriundo de éste universo, un viejo globo para nosotros, un pedo verde y azul para el veterano oscuro del cosmos. Estrambótico y estrafalario porque va cargado de todas y cada una de nuestras tonterías, y mientras nosotros discutimos unos con otros por ver cuál es la más justa y divina, el orondo cumple su pacto con el sol y le ronda vigilando y adulando su soberbio calor.
Lorenzo tiene un buen aprecio a nuestro orondo porque es el único de entre todos los corpachones esféricos que le bailan el agua, que no le hace luz de gas y reverdece agradecido por los veranos en guiño que el flamante anfitrión del sistema le brinda.
Mientras tanto, revoloteando por su variopinta piel, nosotros, como un enjambre de pulgas pedorras nos arremolinamos creando picazones y descreyendo dádivas de nuestro planeta generoso. Admitámoslo, no tenemos derecho ni a crear una pretendida humildad, no podemos, somos, y seremos siempre niños de teta, irreverentes y endiosados incapaces de concebir en nuestros pocos centímetros cúbicos de entendimiento la abrumadora ignorancia en la que vivimos; niños de teta como digo, mamones.
Pero también admitiremos que, por mucho que se esfuerce uno, la historia, hasta donde llegamos a recordar y a predecir, siempre ha estado teñida del mismo drama: una masa ignorante que se baña en las heces de su propio interés y deseo, y un puñado de visionarios de entre los cuales unos también se bañan, pero en las natas, de su propio interés y deseo, y otros intentan cambiar a costa de tantas cosas que a veces me pregunto si son tontos, o si no son de este mundo. He hablado de la Tierra, de la Pachamama, para poner en relieve que nosotros, no somos más que la parte contratante de la primer parte, y que nuestro amado hogar es otro tanto, y lo mismo es nuestra galaxia, etc. También lo somos nosotros para nuestras pulgas y éstas para nuestros átomos, en fin, no voy a tomar ahora las riendas de un caballo poético harto de que otros le hayan espoleado antes que yo con mayor acierto para hablar de un tema tan manido: el infinito, para arriba, y para abajo, para el centro, y sí, para adentro. La escala de las escalas, no somos nadie…y para nuestros gusanos lo somos todo.
Lo que me lleva por fin al punto de semejante rodeo caligrafiado: la perspectiva con la que se miren las cosas. Quizás, si la historia se repite, es porque tenemos que repetirla, nuestras propias fuerzas nos lo mentan cada vez que nuestra mente se esfuerza en mejorar y ser más grandes repitiéndonos el clásico estribillo del cansancio al ver cómo a pesar de nuestras cornadas contra el espeso muro de la ignorancia (y a veces de la nuestra propia), Belén Esteban sigue ganándolo todo. Pero quizás en esto, haya una sabiduría que no entendemos, la de aquellos que no se descuernan contra ese parapeto. Quizás la humanidad no debe llegar a grandes logros, quizás se contenta con tener la tripa llena, y es ese su arte y su trascendencia. Bailar el inefable equilibrio de la suerte del descampado, del azar del campo que llueve y te da, o sopla y te quita.
Tal vez hayan varias humanidades, y siempre las ha habido en este patio de recreo. La una que se deja, la otra que maneja, y la otra, que abochornada e incapaz de cambiar la añeja fábula, se aleja. Quizás sólo debamos relajarnos, y dejar de meter barriga, posiblemente sea más sabio dejar de luchar contra nuestras miserias y mirarnos siempre como el eterno colegial que sufre una tara, un déficit de inocencia; tal vez tengamos que dejar de mirarnos como el sempiterno problema y aceptar que lo que tenemos de malo, y nunca, ¡maldita sea!, terminamos de matar no es tal, si no parte de nuestra raza, parte de nuestro destino cultural. Quizás, al igual que el orondo de nuestro planeta, debamos desencorsetarnos, y dejar de poner en ayuno a los instintos, porque, si en ello obramos mal, tal vez por fin, venga Dios a por sus justos y veamos si estuvimos errados o simplemente cosidos a prejuicios. Para ser hermandad, y todos uno, hay que irse a lo más bajo y empezar a aceptar lo que somos: gusanos de unos, gusanos para otros.

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