El rock recupera su latido: High hopes, de Bruce Springsteen

El rock recupera su latido: High hopes, de Bruce Springsteen.
El rock recupera su latido: High hopes, de Bruce Springsteen.

El rock recupera su latido: High hopes, de Bruce Springsteen.

El corazón del rock and roll palpita cada vez que uno de los grande regresa a la palestra. Ni que decir tiene que se desborda si el que vuelve al estudio es el gigante de Nueva Jersey. Inmerso en una larga gira mundial, Bruce Springsteen encontró el tiempo y la inspiración para construir una obra diferente, alejada de cualquier intento conceptual. Y no muy bien recibida, por cierto (si entendemos que los discos del boss siempre son un acontecimiento a nivel mundial). Abundan los que tildan de prescindible el refrito de High Hopes. Pasable, en los mejores casos. Sin embargo, el collage funciona. Veamos.

La discografía del gran héroe americano alcanza la mayoría de edad con su decimoctavo álbum de estudio. En su búsqueda constante de las raíces del sonido americano la mescolanza de High Hopes, más que un álbum parcheado de rarezas, piezas perdidas y nuevos enfoques, resulta una composición necesaria y más consistente de lo que podría parecer. Una buena dosis de melancolía y esperanza en un mundo que se derrumba: el rock como medicina para la dureza, la frialdad y la soledad. El boss nunca decepciona. Eso sí, tampoco nos confundamos: no es su mejor disco (ni siquiera de la última década) y flaquea por momentos, pero el resultado es más que aceptable, con algunas canciones que enriquecen su legado. La producción, poderosa, cuida la energía habitual de las bases rítmicas y engrasa de maravilla unos arreglos atemporales, desde el folk tradicional hasta ramalazos electrónicos. Por segunda vez consecutiva (tras Wrecking Ball), Ron Aniello ha sido el encargado de potenciar el carácter sonoro de Bruce, junto al grunge Brendan O’Brien y el propio Springsteen.

High hopes esconde algunas sorpresas. El músico homenajea a dos músicos decisivos en la grandeza de su carrera, dos miembros fundadores de la E Street Band: el teclado de Danny Federici y el saxofón de Clarence Clemons, fallecidos en 2008 y 2012, reaparecen en forma de grabaciones previas a su defunción. Una E Street band, recuperada para la causa desde The Rising tras una separación de dieciocho años, a la que se unió para el Wrecking Ball Tour, y de paso para la grabación del nuevo disco, el guitarrista Tom Morello, mítico nombre asociado a Rage Against the Machine y Audioslave.

El disco se abre con una demostración en estudio del poderío de cantante en directo, donde se desenvuelve como uno de los grandes iconos del rock de estadio.”

La apertura del disco, por todo lo alto, corre a cargo de una de las tres canciones versionadas de otros músicos. Original del cantante de folk Tim Scott McConnell y grabada por Springsteen por primera vez en 1995 (para el EP Blood brothers), High hopes se convierte en una demostración en estudio del poderío de cantante en directo, donde se desenvuelve como uno de los grandes iconos del rock de estadio. Una exhibición energética que se desprende en el acto a partir de una potente entradilla a cargo de unas percusiones tropicales que se fusionan con la guitarra funk de Morello, los arreglos de viento y un piano que fluye. Just Like Fire Would y Dream Baby Dream completan la terna de adaptaciones ajenas. La primera, de la banda australiana de rock alternativo The Saints y a propuesta de Morello, presenta una agradable melodía que descubre al boss más accesible en un tema que destila la rabia de la clase trabajadora. Por su parte, Dream Baby Dream, versión de Suicide, concluye el disco con suavidad y dulzura.

Entre los temas de estudio rescatados de anteriores grabaciones destaca Harry’s place, descarte de The Rising. Los sintetizadores y el saxofón de Clarence Clemons dan paso a un Springsteen desafiante que se asocia con la guitarra para alertar sobre los peligros callejeros. Así de dura suena la ciudad. Otra de las piezas con una segunda oportunidad, The Wall, es una preciosa balada (escrita en 1998) inspirada en Walter Cichon, un músico vecino caído en la guerra de Vietnam al que Springsteen admiraba. Sin menospreciar, en absoluto, a Heaven’s Wall: de nuevo las percusiones tropicales acompañan a un coro góspel que nos invita a levantar las manos. Las citas bíblicas se suceden y el ritmo muta en energía rhythm and blues con vaivenes sintéticos y arreglos de cuerda. El resto, Down in the Hole, Frankie Fell In Love, This Is Your Sword y Hunter of Invisible Game, forman un cuartero de temas ligeros sin mayores pretensiones.

El collage se completa con sendas revisiones de antiguos temas de Bruce. La primera de ellas es la triste American skin (41 shots), compuesta en el año 2000 como respuesta al asesinato, a manos de un policía blanco, del joven de raza negra Amadou Diallo. La letanía de un mensaje entrecortado (41 shots) se descubre como un delicado y tenebroso canto de auxilio y denuncia ante una nueva muerte injusta en la otra América, la que se esconde detrás de los brillos de su propio sueño. El cantautor norteamericano por antonomasia factura una nueva balada, de larga duración, que se estremece con la guitarra de Morello. La canción original fue usada con frecuencia durante la gira de reunión de Springsteen con la E street band durante el cambio de milenio. El segundo tema que pasa por el taller de chapa y pintura es The ghost of Tom Joad, primer sencillo del  álbum homónimo de 1995 en formato folk, inspirado al mismo tiempo en la obra de Woody Guthrie (The Ballad of Tom Joad) y John Ford (Las uvas de la ira). El de Nueva Jersey la actualiza con un espíritu más agresivo y contundente. Y en el centro de la historia el éxodo de la familia Joad durante la Gran Depresión, tan presente en la dureza de los tiempos que nos ha tocado vivir. De ahí su adecuada revisión.

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