El Rey León, el musical

 

Cabecera Rey Leon

Nants ingonyama bagithi baba
Sithi uhm ingonyama
Nants ingonyama bagithi baba
Sithi uhm ingonyama
Siyo nqoba
Ingonyama nengw’ enamabala…

Lo más probable es que no hayas reconocido la letra de la canción, a menos que seas un verdadero friki fan. Y es que el suajili no es una lengua tan extendida como muchos quisieran.
Debates lingüísticos aparte, la foto de cabecera ya deja claro de qué trata este artículo: efectivamente, del musical de El Rey León.

¿Qué puedo decir? Todos sabemos que las críticas posicionan a este musical que llegó a Madrid en 2011 en un muy buen lugar. Acogido por el teatro Lope de Vega, situado en la mismísima Gran Vía, desde su estreno las localidades han estado agotadas a corto plazo. Aunque el musical primigenio se estrenó en 1997 en ―no podía ser otro lugar― Broadway, desde entonces el musical se ha puesto en escena en numerosas ciudades a lo largo del mundo, entre los que destacamos, por ejemplo, Tokio, Londres, Toronto, Taipei, Las Vegas o Singapur. Sin embargo, hoy nos centraremos en la producción de Madrid.

No exageramos si decimos que se ha convertido en el líder indiscutible de los musicales de la Gran Vía madrileña. Aunque hace poco que apareció en cartelera el remake del musical de Mecano ‘Hoy no me puedo levantar’, por el momento no le ha igualado.

Una vez ocupas tu localidad y las luces se apagan, los nervios desaparecen al oír la ya sabida grabación que recomienda apagar los teléfonos móviles. E, inmediatamente después, una Zama Magudulela caracterizada como Rafiki capta toda tu atención con un denso chorro de voz que te deja sin palabras. El telón se abre y la vemos sola en el escenario. Tampoco necesita compañía para lucirse.
Poco a poco van apareciendo más y más animales, de todas las formas y colores, que van inundando no ya el escenario, sino los pasillos de la platea. Aves multicolores, jaguares de movimientos elásticos, elefantes con sus crías tras ellos, antílopes que saltan en manada…

Rafiki y antílopes

Tremendo despliegue sobre las tablas deja a uno maravillado. La sensación de no saber a dónde mirar porque hay tanto que ver, al ritmo de la melodía de ‘Un ciclo sin fin’, es el primer gran momento de la obra. Una apertura así, si bien nos deja maravillados, a los ojos críticos les parecerá que el resto de la obra es un continuo decaimiento.

Nada más lejos de la realidad. Cuando la primera canción va tocando a su fin reconocemos a un imponente Mufasa que, junto a Sarabi , observa cómo sus súbditos se inclinan ante el que un día habrá de ser rey. Con ello, termina la primera canción y el público rompe en aplausos.

Igualmente impresionantes son el resto de puestas en escenas, e igualmente el público rompe en aplausos. Especialmente me gustó el feeling que había sobre el escenario entre David Comrie (Mufasa) y Simba niño, caracterizado por Beltrán Remiro.

Simba niño y Mufasa

Muchas cosas destacan de este espectáculo, pero en cuanto al montaje se refiere, hay que resaltar la escenografía y un fantástico juego de luces que nos mueve a través de la noche, el alba, el día y el atardecer africano con sus colores anaranjados en apenas unos segundos.

El colorido y variado vestuario es una de las cosas más impactantes. Compuesto por más de 200 vestidos, así como las marionetas y las máscaras, auténticas obras de arte, inspiradas en la cultura africana y manejadas de manera magistral por los diferentes actores, adaptándose a los movimientos de los animales. Así, encontramos un elefante destacado por su majestuosidad, y un jaguar con plasticidad de movimientos.

El sarcástico Scar, interpretado por Sergi Albert, encuentra su hueco en el gran mosaico que es la obra sin menospreciar otros papeles como Zazú (Esteban Oliver), Pumba (Albert Gracia) y un andaluz Timón (David Ávila) que hará al público romper en carcajadas una vez y otra.
No he hablado aún de Simba adulto. Y es que, es un papel especialmente grande, y especialmente difícil. Michel Jáuregui, mexicano, pone todo su empeño en encarnar al Simba que, ya adulto, habrá de desafiar a su tío y recuperar el reino. Sin embargo, su interpretación sabe a poco si lo comparamos con el resto del elenco.
Como contrapunto, las dos Nalas, tanto la joven (Saelel Pimenta) como la adulta (Daniela Pobega), se lucen en complicadas coreografías de peleas y ponen la guinda en las canciones, con una voz que muchos envidiaríamos tener.

Leonas el Rey Leon

Una de las escenas que más esperaba ver era la de la muerte de Mufasa. Más allá de por la dificultad técnica (¿cómo provocar una estampida de ñúes en un escenario?), por la carga emotiva que transmite. No desvelaré lo ingeniosamente que resuelven el aspecto técnico, pero debo decir que me dejó sin palabras. Y en cuanto a la parte emotiva, eché un vistazo a la gente que había a mi alrededor, y tanto adultos como niños teníamos lágrimas en los ojos.

Respecto al precio, si bien es cierto que es un tema totalmente subjetivo, sí es cierto que en mi opinión resulta algo caro. Hay que tener en cuenta, también, que ningún musical hasta ahora tenía tal despliegue de medios y habrá quien encuentre el precio acorde con la obra.

Aunque haya discrepancias en los detalles, lo que nadie puede negar es evidente: la directora (Julie Taymor) ha sabido entretejer un musical que atrapa desde el inicio al espectador, haciéndole partícipe de una historia que, pese a que todos la conozcamos, la vivimos una vez más volviendo a ser, durante las dos horas y media que dura, niños de nuevo.

Ya para terminar, quiero también apuntar que no queda el musical exento de las enseñanzas que la película de Disney nos enseñó. Entre ellas, la que en mi opinión hay que pararse a pensar cada cierto tiempo: recuerda quien eres.

Y tú, ¿recuerdas quién eres o necesitas ir a ver el musical?

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *