El freeganismo: cuando rebuscar en las basuras se convierte en un boicot al consumismo

Jeanne Guien, freegan

Jeanne Guien, freegan

Les presento a Jeanne Guien. Parisina, 25 años, Freegan. Esta palabreja (de free -libre y gratis- y vegan –vegano-) puede que a voz de pronto se les antoje desconocida. Pues les aseguro que no tardará en expandirse como la pólvora hasta que, intuyo más pronto que tarde, nadie se cuestione su significado. Hace dos años que Jeanne lo es; hace dos años que decidió desligarse de la sociedad de consumo para alimentarse de comida recogida directamente de los contenedores de los supermercados. ¿Les suena extraño? Nada más lejos de la realidad.

Años 90, EEUU. El movimiento Freegan daba sus primeros pasos de la mano de las ideologías antiglobalización y ecologista. Hoy, el Freeganismo se consolida como una corriente anticonsumista que reniega del – aceptado por el común de los mortales- materialismo y desperdicio de productos. Sus integrantes, por el contrario, abogan por el reciclaje, la comunidad, la conciencia social, la libertad y la cooperación. Estos valores, en la práctica, se traducen en estilos de vida alternativos en los que se intenta participar lo menos posible en la economía convencional. Una revelación contra el sistema que consiste, básicamente, en recuperar los desechos de los supermercados motivados, más que por necesidad, por razones de índole política.

Mujeres recogen comida de los contenedores d París

Mujeres recogen comida de los contenedores de París

En la actualidad, se calcula que los Freegans superan los tres millones en el mundo. Entre ellos se encuentra Jeanne. Un gélido día del pasado invierno, esta joven me recibió en su pequeño apartamento en el corazón de la capital francesa para mostrarme de primera mano cómo es el día a día de una freegan. Nada de listas de la compra, nada de recorrer los pasillos de los super, nada de pasar por el cajero. Nada de todo eso. Por el contrario, Jeanne se cita cada día a la misma hora –a la que los empleados sacan los productos caducados a sus contenedores-  en la puerta trasera de uno de los más conocidos supermercados en Francia. Allí, siempre a escondidas de miradas indiscretas, se surte de toda clase de alimentos. Frutas, verduras, yogures, carne, queso… Exceptuando los útiles de higiene, el té o el café, encuentra todo lo necesario para vivir -que no sobrevivir-.

Así, esta parisina que se define a sí misma como ‘un alma libre y comprometida’, da una segunda vida a los alimentos recogidos de la basura. Como en todo, reconoce, hay que asumir sacrificios y responsabilidades. Jeanne ha dicho adiós a aquello tan habitual de elegir qué comer. Se adapta a lo que encuentra, lo que, claro está, algunos días es más variado y otros menos. Además, reconoce que debe llevar a cabo una limpieza rigurosa de los alimentos para evitar problemas de salubridad. Un esfuerzo insignificante, argumenta, al lado de la gran satisfacción de saber que esos alimentos, aún consumibles y en buen estado, no serán desperdiciados.

Y es que es el conflicto del malgasto alimentario está cada vez más patente en los tiempos que corren. El espíritu de la sociedad de consumo envuelve nuestras ciudades. Algunos (me incluyo) compramos sin cesar, mientras la pobreza y la crisis afectan a una gran parte de nuestros habitantes. Paradoxalmente, la producción de comida mundial sería suficiente para alimentar a todo el mundo, sin embargo, más de la mitad termina en la basura. La raíz: un problema de redistribución. Cada año, las empresas se ven obligadas a tirar 600.000 toneladas de desechos alimentarios incapaces de poder distribuirlos. Entre las razones, la fecha de caducidad de los alimentos se alza como uno de los primeros obstáculos. Esto es, en ocasiones se establecen fechas límites abusivas que obligan a la distribución a deshacerse de productos que aún podrías ser consumidos.

Yvon Martinet, experto jurídico en derecho medioambiental

Yvon Martinet, experto jurídico en derecho medioambiental

En este sentido, Yvon Martinet, experto jurídico en derecho medioambiental, sostiene que una posible solución sería construir un ámbito jurídico que obligase a los grandes distribuidores a donar, de manera obligatoria y determinada, sus excedentes de producción a asociaciones o instituciones públicas o privadas encargadas de gestionarlos y redistribuirlos. Son muchas las voces que reclaman una medida legislativa de este tipo, pues supondría una vía alternativa para los comestibles que van directamente de los estantes de los supermercados a sus contenedores, y que pasarían a las manos de aquellos que más lo necesiten.  A la espera de que esta eventual regulación jurídica se implante, los Freegans se postulan como un movimiento capaz de dar solución, a título individual, a la vorágine infernal del malgasto nutricional.

Sus motivaciones están tan claras como su objetivo. Los Freegans consideran que, independientemente de lo que se compre y de dónde se compre, siempre se acaba apoyando a un sistema liderado por las grandes empresas que conducen inexorablemente a un ritmo frenético y excesivo de consumismo. De este modo, la finalidad de este estilo de vida es boicotear el sistema económico actual, evitando comprar en el mayor grado posible. En palabras de Jeanne, ‘la sociedad de consumo establece la producción de los alimentos en función no de la demanda, sino de la oferta impuesta de un modo estratégico por las industrias para defender su rentabilidad y el desarrollo de su economía’. Su vocación, por lo tanto, surge del deseo de romper con esta dictadura del sistema.

Yann Fiévet, presidente de la asociación ‘Action Consommation

Yann Fiévet, presidente de la asociación ‘Action Consommation

Yann Fiévet, profesor de economía y presidente de la asociación ‘Action Consommation corrobora esta creencia. Según este especialista en la materia, los europeos tiramos aproximadamente un 20% de los alimentos que compramos.  No obstante, añade, ‘la cuestión del desperdicio alimenticio debe atribuirse al sistema económico en el que vivimos más que a un asunto de irresponsabilidad de los propios consumidores’. En esta línea, Yann considera que alternativas como las de los Freegans resultan esenciales, ante todo, para crear precedentes sobre cómo frenar la producción exagerada e innecesaria de las grandes empresas distribuidoras.

Así, y aunque las cifras siguen siendo desorbitadas en lo que a derroche de comida se refiere, se consolidan con fuerza iniciativas dirigidas a entorpecer esta, queremos pensar evitable, situación de excesivo malgasto y consumismo. 2014 es el año europeo de lucha contra el malgasto alimentario y de aquí a 2025 el objetivo es reducir el despilfarro de alimentos en un 50%. Las metas están fijadas y las soluciones empiezan a atisbarse. Aún queda mucho camino por recorrer, pero los Freegans, sin duda, constituyen un buen ejemplo de cómo asfaltarlo.

 

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