El fin de una época, de Iñaki Gabilondo

Iñaki Gabilondo frente a un micrófono de la SER

Portada del libro 'El fin de una época'

Debo decir que pedí este libro a los reyes y hasta ahora no lo había leído. Tal vez por miedo, tal vez porque consideraba que me venía algo grande. Todos sabemos que Gabilondo es uno de los gigantes del periodismo, y leer un libro suyo se me antojaba, cuanto menos, tedioso y excesivamente dedicado a la reflexión.
Nada más lejos de la realidad. Con un lenguaje directo, algún que otro cultismo que ayude a alejarse de la vulgaridad y a ampliar el bagaje lingüístico, y capítulos breves pero bien separados entre sí, se ha convertido en un libro que lamento no haber leído antes.

Aun así, tengo que decir que tenía expectativas que no han sido completamente satisfechas. Esperaba cierta clase de “Manual de Periodismo” que, lógicamente, no es. Son más bien directrices a grosso modo contadas con anécdotas, reflexiones y opiniones. No deja de ser un análisis de la realidad periodística del momento: rentabilidad económica que se impone al periodismo bien hecho,  apocalipsis y desprestigio de la profesión y ética y moral del profesional de la información. Aderezado con un tono algo pesimista que el propio autor reconoce y trata de evitar a lo largo del tomo, incluye varias anécdotas que —a mi juicio— glorifican y engrandecen excesivamente la figura del autor.

Pese a todo, de este libro se puede sacar mucho jugo. Lo leí siempre con un portaminas en mano, subrayando y marcando las páginas que contenían algo que me resultaba de interés. No exagero si digo que tengo más de cuarenta páginas con las esquinas dobladas.

Iñaki Gabilondo en su época final

«El fin de una época» nos presenta a un Gabilondo ya mayor (escribió este libro rondando  los 69 años), curtido en la profesión y que ha “colgado los tirantes”, pasando de estar en el punto de mira (dirigiendo durante casi 19 años el programa mantinal Hoy por Hoy, líder en su franja horaria durante más de diez años ) a un cómodo y discreto segundo plano realizando colaboraciones en El País o la Cadena Ser (con el videoblog La Voz de Iñaki).
Un Gabilondo enteramente comprometido con una realidad que, día tras día, se le antoja peor: más comercial, más deprimente y en continuo cambio. En ella, el periodista debe desenvolverse sin “venderse”, sin contaminarse de los juegos políticos, económicos o sociales de personas interesadas. Un periodista que, en definitiva,  debe «defraudar pronto»

“El gran pecado capital del periodista es contaminarse de los mismos defectos que sus fuentes”.

«Cuando nombraron rector a mi hermano Ángel, quise darle un consejo como hermano mayor. Le dije: “Defrauda pronto”. Y siempre me recuerda que ha sido el mejor consejo que le he dado jamás. Porque el temor a defraudar es la razón por la que he visto cometer las más habituales traiciones profesionales». Así, el periodista debe marcar sus límites cuanto antes, con lo que Gabilondo llama «la distancia del puercoespín», concepto que viene de una parábola de Schopenhauer. Explicaba el filósofo que los puercoespines, al padecer el frío del invierno, tienen que acercarse lo suficiente como para darse calor, pero no pueden acercarse demasiado porque se harían daño con las espinas. Ahí radica la relación entre tu identidad y la de los otros; en caso del periodismo, tú y los poderes públicos, tú y la política.

Iñaki Gabilondo frente a un micrófono.

Tal y como explica en el libro, lo fundamental, la materia prima del periodismo, es la gente. Un periodista ha de viajar, conocer mundo, y tener interés en el prójimo, en el concepto de la alteridad. Ese mundo a conocer no tiene por qué estar más allá de las fronteras, ni más allá de tu ciudad: en el barrio de al lado hay todo un microcosmos de interés periodístico, si se sabe ver.
Sin embargo, hay que saber reconocer a los protagonistas de las noticias, que normalmente son borrados de un escobazo a los dos minutos porque el escenario es instantáneamente ocupado por los políticos.

“Los protagonistas del drama son borrados de un escobazo a los dos minutos porque el escenario es instantáneamente ocupado por los políticos”.

En esta realidad tan cambiante, sólo cuentan dos cosas para el periodista: la actitud, con la que defenderá un punto de vista que puede cambiar en función de los hechos, siempre con honestidad; y la calidad, ya que lo que está muriendo no es el periodismo, sino un modelo de negocio que forzará el nacimiento de otro, pero todo modelo necesitará de un periodismo de calidad para el que deben prepararse los profesionales.

Iñaki Gabilondo frente a un micrófono de la SER

“Nos enfrentamos a un tiempo de estupor, tras el cual regresarán los valores tradicionales”.

Y, pese a todo, ¿qué nos queda? Una era convulsa, cambiante, de la que nadie puede predecir gran cosa a largo plazo. En la que los valores se han perdido, y, lo que es peor, no se pretenden recuperar, aunque el autor quiera convertirse a un optimismo que juzga escaso a causa de la edad. Nos queda una realidad que, pese a todo, necesita de informadores que, día tras día, comuniquen siguiendo la regla de las cuatro C: conocer, confirmar, comprender y contar. «Aunque el periodismo actual se quede en la segunda», apostilla el autor.

“La función del periodista es quedarse de guardia mientras los demás se van a trabajar o a buscar trabajo. Y cuando regresen, el periodista debe entregarles un informe detallado que explique qué ha sucedido.”

¿Qué nos queda, después de todo?

Nos queda el periodismo.

Lois Lane y el periodismo

 

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