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Charles Chaplin en 10 películas…100 años después

El genio más grande de la historia del cine cómico: Charles Chaplin
El genio más grande de la historia del cine cómico: Charles Chaplin

El genio más grande de la historia del cine cómico: Charles Chaplin

Mirada de cerca la vida es una tragedia; pero vista de lejos, parece una comedia.”   (Sir Charles Chaplin)

Charles Chaplin, John Ford y Serguei Eisenstein forman, en conjunto, la santísima trinidad de cineastas más importantes en toda la historia del séptimo arte. O al menos eso afirma la gran mayoría de historiadores. Tres auténticos genios de la gran pantalla que gracias a su talento, su carácter innovador y su nervio pusieron los cimientos de una de las formas de expresión más populares del siglo veinte (y de lo que llevamos de veintiuno). Los géneros cinematográficos se asocian a los nombres que los hicieron inmortales. Si el cine del oeste es John Ford, el fantástico George Méliès, el histórico D.W. Griffith o el negro John Huston, podemos afirmar con rotundidad que el cine cómico es Charles Spencer Chaplin (1889-1977). La comedia de tipo burlesco fue su ecosistema, una suerte de humor visual que conjuga las técnicas del slapstick y la pantomima. Su genio dejó una huella imborrable entre los cómicos coetáneos y en las generaciones posteriores, fijando las coordenadas de una forma inolvidable de hacer cine.

Productor, director, guionista y actor, las películas de Chaplin fueron más allá del burlesco, haciendo gala de una acida rebeldía ante las injusticias sociales y las hipocresías de la sociedad norteamericana. Dirigido principalmente al público humilde de clase obrera (en muchas ocasiones inmigrantes, como el propio realizador inglés), tras la destrucción y el caos que provocaban las caídas, los mamporros y las persecuciones, su cine escondía un afilado mensaje transgresor contra los valores sociales y políticos de los más privilegiados. Charlot fue su alter ego: el icónico vagabundo quijotesco con ínfulas de Don Juan y maltratado por los demás, protagonista de historias sencillas repletas de poesía y humanidad.

El cine de Chaplin, de tan familiar e intemporal que nos resulta, parece reciente… pero los años han pasado en cascada. Tanto que en 2014 celebra los cien años de vida. Una cifra tan redonda que merece ser honrada repasando las películas más destacadas de su legendaria filmografía. Todo empezó hace justo un siglo:

Making a living (1914, Keystone Studios)

Los estudios Keystone, la primera casa de Chaplin en suelo norteamericano

Los estudios Keystone, la primera casa de Chaplin en suelo norteamericano

El joven e inexperto Chaplin no pudo tener un debut más trepidante dentro de la industria norteamericana. Con 25 años firmo con los Keystone Studios y se embarcó en un proyecto frenético de 35 cortometrajes en tan sólo un año (¡!). Con la entrada en guerra de los países europeos, el centro de gravedad del cine se trasladaba de París a Hollywood. Al frente de aquel caos se encontraba el productor Mack Sennet, fundador del burlesco americano, especializado en el humor físico del slapstick (golpes, caídas, persecuciones), la pantomima, las pandillas de policías y las bellezas en bañador. Para ser sinceros, la serie Keystone no brilló especialmente por su calidad artística. Los gags (chistes visuales) se sucedían inconexos en el marco de unas tramas que nunca se terminaban de desarrollar. Sin embargo, aquellas piezas se guardan como un tesoro. A destacar la asociación con los grandes cómicos de la era del cine mudo: Mabel Normand, Roscoe Fatty Arbu, Al St. John o Mack Swain. La dirección fue cosa de varios nombres (entre ellos el propio Sennett), hasta que el propio Sir Charles se hizo responsable de la tarea (a partir de El romance de Charlot).

Quizá lo más sorprende del primer Charlot, un dato desconocido para muchos, fue su lejanía con el inocente y tierno individuo que todos conocemos. Sus rasgos de personalidad distaban mucho de esa bondad y elegancia hacia la que evolucionaría con el tiempo. Al contrario; en Keystone encontramos a un ser sádico, antipático, despiadado, violento, grosero, arrogante, deshonesto y egoísta. La temática, eso sí, anticipaba el sentido constante de su futura filmografía (con una cohesión narrativa de menos a más): los embrollos conyugales y las infidelidades, la denuncia social y la rebeldía por las desigualdades clasistas o los pequeños delitos y el pillaje.

Bajo la dirección de Henry Lehrman, Making a living se convirtió en su primera aparición cinematográfica. En ella interpretaba a un aristócrata inglés que se hace pasar por reportero para robarle a un compañero la autoría de una noticia. No sería hasta su siguiente trabajo, Carreras de autos para niños, cuando apareció el famoso vagabundo. Terminando su etapa en Keystone formó parte del primer largometraje cómico de la historia: El romance de Charlot. El inglés ya era la estrella más famosa de la factoría Sennett.

Charlot vagabundo (1915, Essanay Studios)

Charles Chaplin con Edna Purviance,  su principal réplica femenina

Charles Chaplin con Edna Purviance, su principal réplica femenina

Por motivos económicos, y con la posibilidad de gestionar su propio equipo de producción, Chaplin abandonó Keystone rumbo a Chicago, sede de los Essanay Studios. De nuevo un periodo corto pero intenso; 15 mediometrajes entre 1915 y 1916 (mientras Europa se desangraba en la primera gran guerra del siglo veinte), todos ellos producidos por Jesse T. Robins, con nuestro protagonista en labores de director y guionista. Por cierto, que Sir Charles aparecería por primera vez en los títulos de crédito.

El resultado del cambio de estudios tuvo una consecuencia inmediata. Con un control en aumento de sus propios medios, además de una mayor disciplina laboral, los caóticos cortos dejaron paso a unas tramas y unos personajes más elaborados. El maestro inglés no dejó de lado el burlesco, pero los gags se fueron sofisticando. De hecho las temáticas apenas cambiaron. Al igual que la tendencia a colaborar con otros referentes de la comedia muda. En Essanay se unieron a la causa Ben Turpin, Bud Jamison y sobretodo Edna Purviance, con la que el inglés protagonizaría cerca de treinta títulos.

Charlot vagabundo está considerado como el primer gran clásico de Chaplin. No sólo eso; también fue la primera vez que estrenaba una película sólidamente construida, en base a la lógica secuencia de inicio, desarrollo y final. El personaje del vagabundo, antes pendenciero y despiadado, comienza a humanizarse. Cada vez más cercano a la ingenuidad, la ternura y la generosidad del Charlot que todos conocemos, la necesidad de amor y los golpes del infortunio se sucedían en el marco de unos finales cada vez más tristes.  Ese mismo año dos pioneros (Raoul Walsh y Cecil B. DeMille) estrenaron dos obras bajo el mismo nombre, el mismo día además. La tentación era demasiado grande para un Chaplin que estaba a punto de sentar, con su particular versión de Carmen, las bases de un nuevo género: la parodia. Pero el hecho de trabajar con un guion ajeno apartó al genio de su obra anterior, lo que le perjudicó a ojos de la crítica.

Charlot en la tienda (1916, Mutual Film Corporation)

Charlot en la tienda (1916)

Charlot en la tienda (1916)

La inestabilidad laboral del primer Chaplin se reflejaría en el segundo cambio de compañía cinematográfica en apenas dos años. A esas alturas ya era el cómico mejor pagado del mundo, sobre todo tras su nuevo contrato con Mutual. Para que el genio tuviese las mejores condiciones de trabajo, la productora le concedió total libertad creativa y un estudio propio para rodar sus películas. Esa total autonomía se tradujo en unas películas más logradas a través de unos gags originales, uniformes y mejor entrelazados, con mayor perfeccionamiento del lenguaje y un ritmo más vivo. El cómico calificaría esta etapa como la más feliz de su carrera. En Essanay, por cierto, el francés Max Linder había sido el elegido para sustituir a Sir Charles.

La tendencia a humanizar al personaje de Charlot resultaba cada vez más evidente. Cobraba fuerzas el gusto por el melodrama, con unas tramas cada vez más cercanas al drama y al sentimentalismo. Con una imagen que evocaba a Charles Dickens, su cine destilaba realidad entre el surrealismo, lirismo pero también ternura, emoción dentro del patetismo. Lo que no cambió con el traslado de sede fue el papel de Edna Purviance como principal réplica femenina a su personaje. Al mismo tiempo, se incorporaron al reparto Eric Campbell o Henry Bergman. En Charlot en la tienda, en concreto, nuestro protagonista se encuentra con su doble en medio de una serie de confusiones dentro de  unos grandes almacenes.

El chico (1921, First national)

El chico (1921)

El chico (1921)

Convertido en la gran estrella de la comedia muda, llegó el momento de fundar su propia compañía productora. Entre 1918 y 1923, Chaplin produciría, guionizaría y protagonizaría nueve películas (de entre dos y seis rollos de duración) en sus propios estudios de Hollywood. Con todos los recursos a su disposición y sin la presión por los resultados, las películas aumentaron en calidad. Distribuidas por First Nacional, en esta época destacan títulos como ¡Armas al hombro!, primera sátira bélica en la historia del cine, o Vida de perro, con el debut de Syd Chaplin, hermano del propio Charles, y el primer guiño a la ternura canina como elemento dramático en su filmografía.

La infancia de Sir Charles fue cualquier cosa menos sencilla. Unas dificultades que se reflejan en el melodrama El Chico, así como la muerte prematura de su propio hijo recién nacido. No es de extrañar la tristeza y la ternura infinita que destila cada segundo de su metraje. La historia relata las peripecias y las pillerías de un vagabundo (siempre Charlot) y su hijo adoptivo por sobrevivir entre la pobreza de los suburbios. Los gags cómicos se suceden, el humor ocupa su espacio entre la desdicha, gracias también a los maravillosos (para la época) efectos visuales, pero el poso que nos deja es de una melancolía demoledora que termina por partirnos el alma.

La quimera del oro (1925, United Artists)

La quimera del oro (1925)

La quimera del oro (1925)

Tras consagrarse como la mayor estrella cómica del cine mudo, llegó la hora de pasar a la historia. Desde la cima de Hollywood fundo, asociado con Mary Pickford, Mac Adoo, D.W. Griffith y Douglas Fairbanks, la compañía distribuidora United Artist, asegurando su total independencia como cineasta. Desde entonces el formato de sus trabajos cobraría la forma de largometraje, mientras Chaplin continuaba en el centro de la escena como el hombre orquesta que reinaba en todas sus películas.

Un Chaplin en estado de gracia, en plena madurez artística, y en la víspera de rodar sus obras más inmortales, facturó uno de sus trabajos más recordados. El genio se coronó con un ensayo sobre la soledad en La quimera del oro. El planteamiento es el siguiente: un buscador de oro arriba a Alaska, en plena fiebre de oro, en pos de hacer fortuna. Sin embargo, el destino le será adverso y las emociones humanas quedarán al descubierto. De nuevo la versión entrañable y tragicómica de nuestro antihéroe, una nueva versión onírica con sonrisa final herida aunque reconfortante. En 1942 la cinta sería objeto de una desafortunada revisión sonora, incluyendo los comentarios en off del propio realizador inglés.

Luces de la ciudad (1931, United Artists)

Luces de la ciudad (1931)

Luces de la ciudad (1931)

El cantor de Jazz lo cambió todo. Corría el año 1927 cuando emergió la revolucionó tecnológica más decisiva en el curso de la joven historia del séptimo arte. Con la llegada del sonido el lenguaje cinematográfico cambiaría para siempre. Sin embargo, no todos asimilaron el recurso de la palabra de forma inmediata. Fue el caso de Chaplin. La enorme expresividad de su trabajo era tan fuerte que no precisaba de otros factores para trasmitir los sentimientos más profundos. Con la ayuda, eso sí, de efectos sonoros y de algunas melodías populares o, desde ese mismo momento, compuestas por él mismo. Y así se mantuvo, en sus trece en su cruzada muda (hasta El gran dictador, como más adelante observaremos).

Poco riesgo asumiré si califico a Luces de la ciudad como la película más bonita que nunca se ha rodado. Entre la comedia, el sentimentalismo y el drama romántico, reaparece el vagabundo de la melancolía perenne y la bondad utópica, enamorado hasta las trancas de una violetera ciega. Sus esfuerzos por reunir el dinero suficiente para costearle una operación nos agitan entre la risa y el llanto. La propuesta es sencilla; la historia, hermosa y emotiva. El resultado, como casi siempre, poesía de la que te quiebra el alma. “¿Ahora, ya ves?”; “. Ahora ya veo”.

Tiempos modernos (1936, United Artists)

Tiempos modernos (1936)

Tiempos modernos (1936)

Se recuperaba Estados Unidos de los graves efectos económicos de la Gran Depresión, provocados por el famoso crack del 29, cuando el gran Chaplin estrenó su devastadora sátira anticapitalista. Idealista y defensor de los derechos sociales, Sir Charles quiso denunciar los efectos en el ser humano provocados por la alienación del trabajo en cadena (o en serie), desnaturalizado e injusto. El inglés no daba puntadas sin hilo, y una vez más aprovechó su posición privilegiada para denunciar el sistema clasista que regía el sistema económico del primer mundo. Una cinta adelantada a su tiempo, considerada como la última de la etapa muda.

Los éxitos se sucedían para un director que ya estaba consagrado al lado de los principales prohombres de la incipiente comedia. Pero lo mejor todavía estaba por llegar. Con sus dos siguientes trabajos, Tiempos modernos y El gran dictador, terminó de grabar su nombre en la memoria de cine. La despedida de la gran pantalla de Charlot llegó con el primero de ellos, en el cual el entrañable vagabundo acaba perdiendo la razón después de sufrir el sinsentido laboral mecanicista. Pero no sólo por su poderoso compromiso social de su autor destacaría la película. Artísticamente alcanzó grandes cotas gracias a su fotografía expresionista, aliada para aumentar el desasosiego. Para el recuerdo,  la esperpéntica escena en la que el protagonista queda encerrado dentro de los engranajes de una máquina.

El gran dictador (1940, United Artists)

El gran dictador (1940)

El gran dictador (1940)

Después de unos años haciendo oídos sordos a la nueva realidad cinematográfica, Chaplin por fin se subió al carro del cine hablado. Y lo hizo a la grande. El maestro dio una lección de grandeza, cosecho el éxito más grande de su filmografía y, de paso, asestó un ataque frontal contra el (entonces vigente) régimen conquistador nacionalsocialista que asolaba Europa, simbolizado en el discurso más inspirador que se ha visto nunca en la gran pantalla: el inmortal alegato contra la codicia, el odio y la intolerancia.

La transición sonora supuso una auténtica selección natural en el mundo de la comedia. De hecho Chaplin fue el único superviviente de aquella purga. La realidad no fue igual de positiva para el resto de referentes del burlesco, coetáneos del cineasta inglés, genios del silencio. Buster Keaton, Harlod Lloyd o Harry Langdon, estrellas de la escena de los primeros años del siglo veinte, no supieron adaptarse al humor hablado, y se perdieron entre un mar de palabras.

La osadía del genial realizador, animado por muchos a no terminar tan transgresora película, pudo más que los malos augurios. Hacía un año del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Tras muchos esfuerzos se estrenaba en Estados Unidos y Gran Bretaña (su carácter comprometido postergó su estreno en otros países, como España o Alemania) una sátira política, extremadamente valiente, contra el fascismo del tercer Reich y las consecuencias de la  guerra. El maestro inglés se desdoblaba, a la vez tirano y barbero, para parodiar la figura de Adolf Hitler y su animadversión hacia los judíos. Cuentan que el propio dictador alemán pidió a sus asistentes contemplar la cinta, no una vez, sino en dos ocasiones.

Monsieur Verdoux (1947, United Artists)

Monsieur Verdoux (1947)

Monsieur Verdoux (1947)

El éxito absoluto de sus anteriores trabajos pudo tener un efecto contraproducente. Anonadados por el brillo de Tiempos modernos o El gran dictador, muchos ignoraron injustamente su obra posterior. Motivos para la añoranza no faltaban, no obstante. Chaplin dio un giro enorme a su carrera, produciendo su cinta más controvertida: Monsieur Verdoux, comedia negra (negrísima) basada en hechos reales (los crímenes en Francia, a principios del siglo veinte, de Henri Desiré Landru) sobre las fechorías de un asesino en serie seduciendo viudas para apropiarse de su fortuna. Charlot y el burlesco no eran más que un recuerdo lejano. Quedaban resquicios, claro, como el habitual compromiso social (el alegato final contra la pena de muerte y la hipócrita escala de valores social), pero el genio puso tierra de por medio. El guion, por cierto, se aprovecharía de una antigua idea de Orson Welles. “Los números santifican: si matas a unos pocos eres un criminal; si asesinas a miles, un héroe”.

La recepción de tan polémica obra resultó estruendosa, lo que motivó la censura en Estados Unidos de Candilejas, su última película en suelo americano. Una situación tan triste para un hastiado Chaplin que empujó a la nostalgia a ir más allá de la propia trama, contaminando todo el proceso de producción y estreno. La parte positiva fue que el inglés recuperaría su lado más conmovedor, enmarcando un nuevo drama romántico sobre la ternura y la redención. En ella, de paso, rescataba para la vida pública a un maestro olvidado: Buster Keaton.

Un rey en Nueva York (1957, Attica-Archway)

Un rey en Nueva York (1957)

Un rey en Nueva York (1957)

El macartismo es un término que se usó en los cincuenta para englobar el delirante periodo de acusaciones por traición a sujetos relacionados con el mundo del arte, supuestamente comunistas, contra la nación estadounidense. La caza de brujas impulsada por el senador Joseph McCarthy daba palos de ciego, abalanzándose sobre aquellos creadores con voz y pensamiento propio. Un disparate en toda regla. Chaplin formaba parte de aquella lista de víctimas, cuando el Comité de Actividades Antiamericanas canceló su permiso de residencia. Afincado en Suiza, Sir Charles terminó su carrera cinematográfica en la vieja Europa.

Semejante injusticia personal no podía pasar desapercibido para el colmillo del genio inglés, quien no dudo en reflejarlo en su siguiente película (tres años después de tan desagradable incidente): Un rey en Nueva York. Con su habitual punzante sentido del humor, realizaría un descomunal alegato a favor de la libertad de expresión y de pensamiento. Las risas al servicio de la denuncia, el arma más efectiva del genio en su cruzada frente a las formas de gobierno más autoritarias. Una década después, con La condesa de Hong Kong, Chaplin pondría fin a su enorme carrera. Cien años después, cien millones de gracias.

Final Tiempos modernos

 

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