Cazadores de musas

quemarropa

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Quemarse la ropa

Quemarse la ropa en andar contracorriente. Dejarse los labios en decir honestidades y no ser albañil de fachadas falsas, de muros repletos de esperpento. Pasar por esta vida coleccionando agravios al desuello, al letargo; no dejarse el pelo de oveja largo. Pensar por mí mismo, amarnos, sin que pensemos lo mismo. Adoctrinarme en la escuela del leopardo, que vive solo, pero vive largo. Adaptarme, ser un superviviente pero no perder la cabellera al venderme.

Administrar bien el tiempo que llevo en mi alforja, dándote algo de ese bien con conciencia y no tirándolo como estopa, porque así cada minuto cuenta: saber que lo que das es por deseo y no por ignorancia, te honra.

Encontrar la sencilla alquimia del arte: urgencia por expresar algo y trascendencia de lo que quieres expresar. Porque ya lo dice la palabra, y permítase el juego de palabras infame: exprés-arte. Decir las cosas que te queman, el arte, la cultura, es quemarropa.

¿Seremos los últimos defensores de éste cerro? No lo creo, pero en nuestro tiempo, cuando las nubes de la ignorancia anuncian miedo, adoctrinamiento y chaparrones de desenfreno; ahí estaremos nosotros, llevando en secreto, pero no en silencio, el talismán de la cultura, que rescatamos, siempre en el último segundo, de tan nefasto fuego. Permitidme ser profeta, pájaro del mal agüero: se acercan tiempos difíciles, por que correrá la sangre cuando se agote el dinero. Nos quemaremos la ropa en el batallón de las artes hijos del Quijote, ilusos que brilláis como centellas, discípulos del genio creador. Nadie nos quiere cuando llegan a las manos, y sin embargo, somos la madre que les arrulla en las noches de aciago, cuando su propia insensatez les ha partido la cara y sin embargo nos muelen a porcentajes.

Somos la guinda del pastel, la piedra angular de la cordura humana, pero nos desechan. La vía de escape de la miseria del hombre, pero nos cierran a cal y canto, o mejor, a cal y silencio; a cal y cayo, a cal…y callo. Somos la torrentera que no desbrozan, así, cuando vienen las lluvias de la pusilanimidad el mar mezquino se desborda y las masas se desvelan.
Cazadores de musas, obreros de la imaginación, residentes en el barrio de “Entrehambres” que es nuestra profesión. Estamos obligados a ser fugaces para ser puros y conservar, como el buen vino, la fermentación adecuada, y no picarnos con el correr de los sinsabores y la vulgaridad del tocho calendario de la rutina. Somos el metal trabajado en el fuego de la fricción (y de la ficción ¡a veces tan real!) que son el dolor de este mundo y la genialidad escondida, secreta e incomprendida de las noches de inspiración.

Nos han llamado de muchas maneras a lo largo del burdo invento que es el tiempo, pero aún así, como escribas que intentan frenéticamente hacer inventario del infinito, hemos recogido todas las calumnias que nos habéis brindado y las hemos venteado al aire fresco de nuestra clarividente locura. Nos habéis dado el dolor que es color de nuestra bandera: una sonrisa que contiene, apretados los dientes, un alud de dramas y que sin embargo brilla para vosotros, caballeros, y damas. Es éste un canto, tal vez afortunado, para todos aquellos artistas que me lean, que espero, reciban esto como un abrazo hermano. Y por artista hablo de todo aquel que en su vida y en su hacer, ya en lo poco, ya en lo mucho; ponga una onza de talento y consciencia en sus obras. Porque ésta es la gran y tan duradera historia de la luz contra la oscuridad; la cultura contra la ignorancia. Mientras esa batalla dure, vendremos a librar cantos de esperanza con voces que no saldrán ya de gargantas, sino que estarán en las montañas, en los valles, en los ríos y en los azares que rodeen a los desventurados que nos hayan borrado del mapa. Es la belleza del mundo querido ignorante que cierras la puerta a la cultura, la que, cuando ya no estemos, y muy a pesar tuyo, te hará artista inevitablemente; y cuando eso suceda tal vez nos recuerdes y ganada ya tu batalla admitas, que en el tiempo de du victoria, desde el lugar de donde vinieron nuestras inspiraciones, desde la casa las musas, te lanzamos una daga traidora e imprevista de maravilla, deleites y delicias.

Hasta que eso suceda, queridos ignorantes que cerráis las puertas a la cultura, aquí estará la tropa, quemándose la ropa.

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